miércoles, 10 de octubre de 2012

LOS GUERREROS DEL AZTLAN DEL SIGLO XXI


(Guillermo Marín. Antropólogo)


Muchos de ellos llegaron a estas lejanas tierras de sus antepasados por un explosivo vendaval de pobreza, injusticia, aventura o simplemente de suerte. Algunos tienen generaciones y ahora hablan en extraña lengua, parecida al lloriqueo del Xolescuincle.



A pesar del tiempo, no se han perdido las costumbres y el corazón de la Tierra les habla bajo sus plantas cuando danzan. Muchos de ellos no podrían decirle con exactitud, porque bailan sus atávicas danzas, porque los sentimientos que invaden su cuerpo cuando están en el círculo de poder de la danza, no se pueden explicar con palabras, solo se sienten con el corazón.



Ellos saben sin saber, que la danza los cura y los alimenta. Les da la fuerza y el coraje necesarios para aguantar lo inaguantable.... y seguir vivos y sonrientes, altivos como sus venerables Viejos Abuelos.



En el corazón de San Diego, aquí en la California de Ali Bad Bush. Bajo las pesadas estructuras de concreto que sostienen la modernidad, donde en las alturas pasan los freeway con su locura de autos vertiginosos que siempre van llegando tarde a ninguna parte, allá cerca de la nada.



Aquí abajo, en las entrañas de concreto, en las nuevas zonas arqueológicas del futuro, aquí danzan los nuevos mexicanos , los hijos del Aztlán en la Tierra del Norte.



Muchos de ellos ya no les toco nacer en la tierra de la corrupción, la explotación y la injusticia. Les tocó en cambio nacer en la tierra del plástico, la aburguesa y el dólar. Otros están de visita y sólo son testigos mudos de los hechos, como los Huicholes, que hasta tienen su carpa móvil para vender.



La gente se reúne en el Chicano Park, que es atravesado por el boulevard Cesar Chávez, abajo del majestuoso puente de Coronado, al ladito de los astilleros y muelles de la más poderosa flota de guerra que a surcado los mares en estos diez mil años de dolorosa humanidad.



Las majestuosas estructuras que sostienen las autopistas voladoras de California, han sido tomadas por las manos de los tlacuilos y han dejado testimonio de su presencia cultural. Estamos muy cerca del Barrio Logan, donde se asienta la M.M., (la mafia mexicana), de aquí salen los jóvenes gatilleros que engrasan las filas de los narcotraficantes del otro lado de la línea. Los chicanos traen sus sillas y sus bebidas, la familia completa se reúne a comer, nuestra gente es de costumbre...es de familia.



Los caracoles marinos suenan y se sobreponen al subido de los veloces autos que pasan por las alturas. Los grandes tambores llaman a la danza y los masehuales se acercan en formación cerrada al pequeño kiosco, que ha sido transformado por la fuerza genética de la tradición y la imaginación, en la base superior de un Cu o pirámide. En las pequeñas escaleras se ha puesto la ofrenda y el copal se quema. Esta atávica costumbre de venerar la Tierra, a quien primero se le pide permiso y se agradece a los cuatro puntos cardinales. En la ofrenda no faltan las tortillas y los frijoles, así como fotografías desesperadas de lo que en la nostalgia podría ser México.



A final de cuentas, en el conocimiento silencioso de nuestros Viejos Abuelos, la razón importa muy poco. En efecto, la docta y filuda racionalidad cartesiana, no funciona con nuestra gente y con nuestra cultura. Aquí y allá, todo se hace por el costumbre . No se necesita pensarlo, sino SENTIRLO.

Así que los modernos danzantes del Aztlán, inician su danza en círculos concéntricos. El huehue y los teponachtlis suenan con fervor guerrero. Las plumas de exóticas aves, de nuevo empiezan a volar en el aire, como si los danzantes se convirtieran en aves voladoras y con sus pies, trazaran extraños y secretos pasos de poder, que sólo La Madre Tierra comprende, siente y agradece.

No importa la edad o el sexo. Todos los danzantes poco a poco van siendo atrapados por una energía que sube a través de la planta de sus pies y en forma espiral, como círculos iridiscentes de energía, llegan al corazón y a la cabeza, para estallar en el aire y elevarse hasta el alto cielo a través de sus bellísimos tocados de plumas de colores. ¡Esa es la magia de la danza de los concheros!



A pesar de los pesares; de la modernidad, el malinchismo y la ignorancia, de una u otra forma, sigue viva la presencia de la cultura de nuestros Viejos Abuelos. Esta cultura generosa y amorosa, que nos da todo lo que somos y que a pesar de nuestro desprecio, siguen esperando paciente, el momento en que nosotros la descubramos en el fondo de nuestro corazón y en los más elevados sentimientos.

Veo a esta gente danzar y me nace una alegría interior y se fortalece mi confianza en nuestro pueblo. Tanto ellos como nosotros estamos dormidos y ciegos. No vemos la esencia de nuestra cultura, solo miramos sus manifestaciones superficiales....por encima, en la superficie nada más.

Esta por iniciar el amanecer del Anáhuac y el Sol saldrá para todos los hijos de los hijos de los Viejos Abuelos, y será tan fuerte su luz que lograra que nuestros colonizados ojos se abran a la verdad y fundamentalmente, a su mensaje espiritual.



En estos tiempos de vertiginosos e increíbles cambios, nada nos debería sorprender que, en unos pocos años, la revaloración cultural podría venir justiciera del Norte.



Que estos nuevos mexicanos regresen en busca de su tierra prometida e inicien la lucha en contra del colonialismo.