miércoles, 8 de septiembre de 2010

Toltekapantli, regla de la comunidad tolteca.






Las doctrinas





Las enseñanzas toltecas se resumen en siete doctrinas que explican la naturaleza de la conciencia y el ser humano. Estas son: la unidad divina, la impermanencia de las formas, la evolución de la conciencia, el ejemplo de la Serpiente Emplumada, el merecimiento por las obras, la manifestación del nagual y la emancipación de la percepción.





Estas doctrinas son de naturaleza práctica. Todo macehual está invitado a verificarlas para que su aceptación sea sincera y produzca frutos. Toda aceptación que no se base en la verificación individual, es inútil para los propósitos del modo de vida tolteca.





La unidad divina



Todo cuanto existe proviene de una fuente: la energía cósmica, y todo regresa a esa fuente una vez cumplido su ciclo evolutivo. La energía cósmica es impersonal e incondicionada, infinita en el tiempo y el espacio, plenamente consciente, intencional y poderosa. Sus manifestaciones no tienen fin.





La energía cósmica es la realidad subyacente en todas las visiones, el destino de todas las devociones, el impulso de todas las decisiones y la experimentadora de todas las acciones. En la tradición de Anahuac, recibe diversos nombres que describen aquellos de sus aspectos que resultan inteligibles al ser humano. Algunos de estos son:





Nahualli, nagual: indica que su naturaleza última está oculta a la percepción y el razonamiento, y sólo puede ser entendida por ella misma a través del nagual.


Centeotl, divina unidad: indica que es la semilla de la existencia, la voluntad de permanencia y el potencial de realización de todos los seres vivos.


Ometeotl, divina Uni-dual-trinidad: indica que es el soporte causal del Universo, al cual imprime orden y propósito, y que se manifiesta mediante el poder de la percepción.


Moyocoyani, quien se crea a sí mismo: indica que existe en y para si, genera su propia vida y se refleja en los propósitos existenciales de cada ser.


Ipalnemoani, aquel por quien vivimos: indica que se expresa en cada ser a través de sus vehículos de conciencia y sus centros de percepción.


Tloque Nahuaque, dueño del cerca y el junto: indica que da apoyo, alivio, protección y guía, favoreciendo las experiencias positivas e inhibiendo las negativas.


Quetzalcoatl, serpiente emplumada: indica que siempre busca superarse, promoviendo la evolución de la vida y la conciencia, el individuo y la sociedad, la cultura y la civilización.


Tezcatlipoca, humo del espejo: indica que abre los sentidos e inspira los instintos de todo ser viviente, y señala el camino al conocimiento del nagual.




La impermanencia de las formas





Aunque la energía cósmica está más allá de definición y entendimiento, es posible percibirla, experimentarla e interactuar con ella a través de sus manifestaciones. Sus manifestaciones son inagotables y reciben en conjunto el nombre de Tonal. El Nagual es todo y el Tonal la parte del todo que percibimos.





El Tonal es una interacción de fuerzas: su flujo es la fuerza positiva y su interrupción, la negativa. La combinación de ambas produce los atributos de la existencia. Todas las manifestaciones de la energía reflejan, en alguna medida, su naturaleza consciente, volitiva y creadora.





Toda existencia particular está condicionada por los atributos de forma, movimiento, potencial energético y estado de conciencia. Debido a que existen en la composición de sus atributos y lo compuesto se descompone, todas las manifestaciones son impermanentes. La impermanencia implica la degradación de la forma, la transferencia del movimiento, el agotamiento del potencial energético y el cambio de estado de conciencia.





La percepción





Seres conscientes son aquellas manifestaciones capaces de encapsular el flujo de la energía cósmica y utilizarlo para sus propios fines. El propósito existencial de los seres conscientes es acrecentar, mediante sus experiencias particulares, el acervo de experiencias de la energía cósmica.





Siguiendo este comando, los seres aprenden a fijar su conciencia en las manifestaciones de la energía, transformándola en percepción La percepción es el resultado integrado de los procesos de sensación, integración e interpretación.





La sensación es el proceso mediante el cual la energía se reconoce a si misma a través de los sentidos, creando la entidad, un núcleo capaz de transformar las fluctuaciones de intensidad de la energía en experiencia. La integración selecciona hechos energéticos para construir un mundo, creando al individuo, una función de la entidad que transforma las experiencias en descripciones. La interpretación transforma los hechos energéticos en un conjunto de objetos espacio-temporales, creando a la persona, una resonancia de la individualidad que convierte las descripciones en historia personal.





Cada fase del proceso condiciona la percepción. En nuestra especie, el resultado es una construcción mental llamada forma humana. Debido a que su forma refleja la conciencia cósmica, el ser humano se percibe como la más importante de las manifestaciones. Este fenómeno de autorreflejo le obliga a construir un mundo a su imagen, gobernado por dioses y demonios que son proyecciones de sus esperazas y temores.





La atención





La conducción intencional del flujo de la conciencia es atención. La atención es una facultad de los seres conscientes que les permite seleccionas impresiones, de entre un conjunto infinito y caótico de ellas, y enfocarles su energía.





La atención primaria obedece a comandos genéticos y se enfoca en los estímulos sensoriales que favorecen la conservación del individuo y el grupo. Tal selección hace que el ser consciente se identifique con las formas y divida la realidad en las nociones del yo y el mundo externo.





Los seres autoconscientes pueden trascender sus límites naturales, al enfocar su atención en estímulos abstractos. Tal selección cualifica sus experiencias y genera cultura, una forma de organización de la energía que acelera y reorienta el proceso evolutivo.





El desapego de los estímulos sensoriales no se consigue renunciando a los sentidos, sino educando la voluntad. La voluntad es el reflejo del intento cósmico en un ser consciente, un potencial creador que se activa al atender y se desarrolla al abstraer.





Mediante un esfuerzo de voluntad, es posible desligar la atención de los estímulos externos y enfocarla en el proceso perceptual en sí, destruyendo la sugestión de las formas, integrando la realidad y fundiendo al observador y lo observado en el acto de visión.





La evolución de la conciencia





Toda forma de conducción de la atención, sea por comando natural o deliberado, sirve a la evolución de la conciencia.





La evolución de la conciencia tiene tres grados: reconocimiento del medio, de sí mismo y del nagual. Aquellas entidades conscientes que no se reconocen a sí mismas, se ven forzadas a aceptar las sugestiones del medio, siguiendo un curso evolutivo basado en el accidente. Aquellas entidades que se reconocen a sí mismas como manifestaciones particulares de la energía, son capaces de enjuiciar y modificar al medio a conveniencia, orientando el curso de su evolución. Aquellas entidades que se reconocen como energía, son capaces de liberarse de toda sugestión externa y de construir su propio medio, redirigiendo su curso evolutivo al estado de conciencia del nagual.





La evolución de la conciencia es conducida por los imperativos grupales hasta que el ser se reconoce a si mismo; en adelante, sigue un cauce de desarrollo individual.





La energía cósmica se supera a si misma, promoviendo la evolución de sus manifestaciones a fin de obtener experiencias cada vez más refinadas. Todo ser debe alimentarse para sobrevivir. Cuando un ser más evolucionado consume a otros menos evolucionados, transforma la cantidad de vivencias en calidad de vivencias.





El proceso evolutivo tiene tres fases: polarización de la energía, síntesis de las polaridades y salto de orden. La energía se polariza cuando surge un conflicto y se sintetiza al aplicarle atención, lo cual permite la manifestación de propiedades superiores.





Todo estado evolutivo es trascendible, pues la evolución de la conciencia es infinita.





Los vehículos de conciencia





Un ser consciente es un sistema compuesto por cinco vehículos de expresión y siete centros perceptuales. Los vehículos son campos transformadores de la energía. Hay cuatro vehículos de base, de naturaleza física, vital, emocional y mental, y un vehículo potencial llamado el nagual.





Para que un ser consciente sobreviva, sus vehículos de base deben actuar en conjunto; el grado de acción y coordinación de cada uno determina las características del ser. Para que los vehículos funcionen correctamente, hay que proporcionarles alimento e higiene apropiados.





La función del cuerpo físico es moverse, tener sensaciones y reproducirse. Se alimenta de comida y agua, y se purifica por limpieza física y cuidado de la salud. El campo vital transforma la energía cósmica en vitalidad y la suministra a los vehículos y centros. Se alimenta de respiraciones y luz, y se purifica por sueño y recapitulación. El campo emocional potencia y regula el funcionamiento de los centros. Se alimenta de impresiones y se purifica al canalizar apropiadamente las emociones negativas. El campo mental selecciona, memoriza e interpreta impresiones. Se alimenta de información y se purifica por ayuno de apegos y creencias.
Los vehículos de base tienen un tiempo limitado de vida, después del cual, se desintegran y mueren.





A fin de perpetuar la conciencia, la energía cósmica pone a disposición de los seres conscientes el vehículo independiente del nagual, capaz de absorber las funciones de los demás vehículos. El nagual se educe por un comando, se alimenta de tareas que lo desarrollan y se purifica mediante el uso sobrio de los demás vehículos.





Los centros perceptuales





Los centros perceptuales son estaciones que modifican la percepción y almacenan la experiencia; forman una red que da estructura a los vehículos. Hay siete centros principales, llamados en el simbolismo de Anahuac: escorpión, plumón, bandera, flor, cetro, gema y cuchillo de pedernal. En el ser humano, estos centros resuenan, respectivamente, en la base de la columna vertebral, el vientre, el ombligo, el pecho, la garganta, el entrecejo y la coronilla. Su actividad se manifiesta como impulsos, instintos, sentimientos, intuiciones y sentidos, que son modificaciones de las dos tendencias básicas de todo ser consciente: conservarse y trascender.





El centro coccígeo es la sede de la energía vital. Genera los instintos de conservación y reproducción. Está plenamente activo en todas las especies vivas. El centro ventral genera los impulsos filiales, de socialización, comunicación y pertenencia. Se activa naturalmente en las especies superiores. El centro umbilical es la sede del ego. Genera los impulsos de liderazgo, representación, competitividad y predominio. Se activa de forma natural en los seres humanos. El centro cardíaco genera los sentimientos de amor y altruismo, y los sentidos de autosacrificio y cumplimiento del deber. Se activa, asumiendo retos y abstrayendo la atención. El centro laríngeo es la sede del intento. Genera los impulsos volitivos y creadores. Se activa, tomando decisiones y afrontando las consecuencias. El centro frontal es la sede del ver. Genera los impulsos intuitivos que integran la percepción. Se activa al ensoñar.
El centro occipital es la sede de la trascendencia. Genera el irrefrenable impulso de la libertad. Se activa al educir al nagual.





Grados de activación





Según la disponibilidad energética, los centros perceptuales pueden funcionar en forma intermitente, sostenida o plena.





En el grado intermitente, los impulsos no se sostienen y la memoria de las experiencias relativas al centro se disgrega. Si la actividad de los centros desciende a este grado, el individuo siente que se duerme, su memoria se interrumpe y su atención se entrega a ensoñaciones.





En el grado sostenido, los impulsos se mantienen y generan experiencia, que es almacenada por la memoria del centro. Si uno o más centros se sostienen, el individuo siente que despierta, su memoria alinea la historia personal y se activa el juicio crítico.





En el grado pleno, los impulsos realizan su propósito existencial. Si uno o más centros funcionan a plenitud, el individuo entra en un estado de éxtasis relativo a los impulsos de esos centros, caracterizado por las sensaciones de intenso gozo, fusión y libertad. El éxtasis de un centro involucra las propiedades extáticas de los centros inferiores. El éxtasis más común es el del orgasmo, vinculado al centro de la reproducción.





Para que un ser consciente sobreviva, su centro reproductivo debe funcionar a plenitud, pues su función es alimentar al sistema. Cuando fallas en el vehículo vital disminuyen la capacidad de este centro, el sistema se desintegra y el ser consciente, incapaz de procesar las impresiones, muere.





Los centros perceptuales son potenciales evolutivos presentes en todo ser consciente; la evolución de los seres consiste en su paulatina activación. Los centros se activan al aplicarles atención. Un centro puede pasar a un grado de actividad superior, siempre que el que le precede funcione potencialmente a plenitud.





Los centros inferiores del ser humano fueron activados en el curso de su evolución natural, pero los superiores requieren de manipulación deliberada. En el humano promedio, los centros coccígeo y ventral pueden funcionar a plenitud, el umbilical funciona en grado sostenido y los demás, sólo en forma intermitente.





La plena activación de los centros superiores produce santos, chamanes, profetas y mensajeros de la Serpiente Emplumada.





Esferas de acción





A medida que el ser humano activa sus centros, se hace capaz de abarcar esferas de acción más amplias. Una esfera de acción es el medio en el que los impulsos de un centro pueden expresarse a plenitud y el referente de la identidad de un individuo o grupo. La pertenencia a una esfera de acción se denota por un sentimiento de responsabilidad con su destino, que es desarrollo del impulso básico de conservación.





El salto de una esfera a otra incrementa la disponibilidad energética del individuo o el grupo, y consolida su sentido de identidad. Siete esferas son accesibles al ser humano, de naturaleza animal, familiar, individual, social, natural, universal y divina.





La esfera animal es nuestra herencia natal. Deriva de un sentimiento de responsabilidad por los vehículos de base, al servicio de la supervivencia del individuo. Cuando la responsabilidad por los vehículos se extiende a los hijos y parientes, se activa la esfera familiar, al servicio de la supervivencia del grupo. La esfera individual se activa cuando la responsabilidad por el grupo evoluciona en un sentido de búsqueda de superación personal, al servicio de la evolución del individuo. La esfera social se activa cuando la responsabilidad por el propio desarrollo se extiende a todos los miembros de la especie, propiciando la evolución colectiva. El despertar del centro de las decisiones activa la esfera natural, extendiendo la responsabilidad social a toda forma de vida. El despertar del centro de la visión activa la esfera universal, extendiendo la responsabilidad ecológica a toda manifestación de la energía.
El despertar del centro coronario activa la esfera divina, transmutando el sentido de responsabilidad en poder creador, y el impulso de conservación en inflexible voluntad de permanencia.





La evolución social





El ser humano es producto de la interacción del individuo y la colectividad. Tal como la colectividad no existe fuera de sus miembros, el individuo no existe fuera de su contexto social.





El propósito de la sociedad es favorecer la evolución de sus miembros. Sus miembros son a la sociedad como las células al cuerpo físico.





La sociedad es un organismo vivo, capaz de expresar los tres grados de la conciencia, reconociendo al medio, a sí misma y al nagual. La sociedad cobra conciencia del medio natural cuando se organiza y genera un excedente de energía que dirige a objetivos culturales. Se hace autoconsciente cuando desarrolla una perspectiva histórica de sí y normaliza sus instituciones, entrando en la fase de
la civilización. Cobra conciencia del nagual cuando se toltequiza, integrando sus símbolos culturales y confiando su conducción al linaje de sabiduría.





El reflejo de la autoconciencia social en el individuo, es el sentido de la moral, alimentado por los valores vigentes en cada época y lugar. Este sentido sirve al objeto de propiciar la interacción del individuo y la colectividad. Para que funcione, debe evolucionar.





Toda ganancia energética implica la reestructuración del medio. La evolución moral del individuo sólo se puede completar mediante la transformación de la sociedad. No hay cambio exterior sin cambio interno. La evolución social comienza con el desarrollo de los potenciales individuales. La sociedad puede saltar a un grado de conciencia superior cuando la disponibilidad energética de sus miembros alcanza una masa crítica.





No hay cambio sin dolor. A medida que la sociedad se acerca a un salto de orden, se acumulan en ella sentimientos de frustración que buscan su involución. La oposición entre las tendencias evolutivas e involutivas origina un punto de ruptura que se resuelve mediante una revolución.





El objeto de la revolución es devolver la evolución a su cauce original, creando condiciones favorables para el desarrollo de la conciencia. Su detonador es un individuo que, por circunstancias energéticas e históricas, encarna las necesidades y esperanzas de los demás. La historia humana se estructura en torno a tales individuos, que son llamados mensajeros de la Serpiente Emplumada.





La Serpiente Emplumada





A fin de conducir a los seres conscientes, la energía cósmica se manifiesta como el nagual, llamado, por su doble naturaleza, Serpiente Emplumada.





Serpiente Emplumada es el potencial energético de todo ser consciente, susceptible de ser realizado por todo ser autoconsciente. En el individuo, se manifiesta como un estado de conciencia discontinuo, que puede hacerse continuo mediante la educación. En la sociedad, se manifiesta como un reformador de los paradigmas e instaurador de un nuevo ciclo cultural.





El fenómeno de conciencia representado por la Serpiente Emplumada es universal y se adapta a las circunstancias históricas y culturales. En la especie humana, se manifiesta en una estructura trina, cuyos elementos tienen la función de preparar, detonar y conducir la revolución social.





Tales apariciones ocurren cíclicamente, con intervalos históricos de veinte ataduras divididas en dos fases: la primera de construcción y la segunda de consolidación. Cinco de tales recurrencias forman el ciclo de la Serpiente Emplumada, diseñado para la progresiva redención del componente animal de nuestra naturaleza.





El merecimiento





Todo niño que ha comido masa de cereal contrae una deuda de vida con los seres conscientes, que sólo puede pagar, ayudando a la evolución de todos los seres. El ejemplo de la Serpiente Emplumada actualiza esa deuda, al imponer a todo adulto la decisión de hacerse responsable por sus propias obras.





El ejercicio de la responsabilidad genera merecimiento: el resultado energético de la acumulación de obras meritorias. La Serpiente Emplumada estableció un pacto con la especie humana, haciéndonos merecedores de Su estado de conciencia a través de las obras.





En lo individual, el merecimiento consiste en liberar excedentes de energía mediante su ahorro, afinamiento y recanalización. En lo social, es merecido quien refleja el estado de conciencia de la Serpiente Emplumada, sirviendo de inspiración y modelo de vida para otros.





No hay merecimiento sin un reto que vencer. Los retos pueden ser naturales, sociales y de conciencia. La condición humana no es un producto natural, sino una conquista permanente de los retos naturales y sociales, que nos da derecho a existir.





La condición del tolteca exige, además, afrontar el reto de perfeccionar la conciencia y hacerse un soldado de la guerra florida, una contienda contra nuestros defectos y limitaciones. Implica sustituir las creencias por la experiencia propia y dedicar al perfeccionamiento de la percepción cada momento de nuestra vida, sea que estemos dormidos, despiertos o en éxtasis.





Los destinos de la conciencia





La muerte de los seres conscientes es un fenómeno natural, consistente en la desintegración de sus vehículos de expresión y sus centros perceptuales.





La muerte ordinaria comienza con la disfunción de los vehículos, la obturación de los sentidos y el adormecimiento de los centros. Al quedar sin energía, el sistema de centros se disgrega durante nueve días, plazo en el cual deja de existir la persona.





Durante cuatro años subsisten restos de memoria que generan sueños progresivamente incoherentes, hasta que desaparece la individualidad. La entidad sobrevive durante tanto tiempo como vivió la persona, plazo en el que las experiencias individuales se disuelven en el banco de experiencias de la energía cósmica.





La muerte implica el cese de la vida, pero no necesariamente el de la conciencia. La conciencia desaparece por su subjetiva asociación con los vehículos.





Al identificarse con los vehículos de base, el individuo canaliza su impulso de trascendencia a través de la reproducción, y se extingue. Al activar el nagual, el individuo le transfiere su impulso de trascendencia y se desliga de la suerte de los vehículos de base.





Un nagual puede guiar al difunto a liberarse de sus apegos físicos, mentales y emocionales, y a aceptar serenamente su fusión con la energía cósmica.





La manifestación del nagual





La condición humana es un puente. Su origen es el desarrollo de la naturaleza animal y su destino, la manifestación del nagual.





Mediante la práctica, la suma de experiencias y estados de conciencia vividos por el individuo puede cristalizar en el nagual. El nagual es una entidad autoconsciente, capaz de actuar sin el apoyo del sistema de vehículos y centros. Debidamente entrenado, manifiesta los más elevados atributos de la conciencia.





El nagual se puede entrenar mediante el cultivo de la memoria y el sueño. La memoria debe ser capaz de recordar el propio nacimiento; el sueño debe ser tan controlado como la vigilia.





La primera fase del entrenamiento del nagual consiste en ponerle tareas que lo domestiquen, como encontrar objetos o rastrear información. La segunda fase consiste en sumergirlo en el acervo de experiencias de la energía cósmica, para que adquiera conocimiento. La tercera fase consiste en templarlo para que afronte los retos del mundo superior, que son: hacerse consciente de sí, controlar sus reacciones y desarrollar sus capacidades de comunicación, depredación y desapego. La cuarta fase consiste en asumir la liberación de todos los seres, como condición para emprender el vuelo libre de la percepción.





En el sujeto de tal experiencia, las fases de desarrollo del nagual producen los estados de despertar, iluminación, visión y liberación.





Está despierto quien rompe los límites psicológicos del sueño y la vigilia, unificando su percepción. Iluminado es quien comprende que los procesos mentales no describen al mundo, sino al perceptor. Vidente es quien potencia sus capacidades perceptuales de tal modo, que puede ver directamente el flujo de la energía. Liberado es quien emancipa su percepción de la dependencia de los vehículos y los centros.





La liberación de la percepción





Como forma humana, somos libres para percibir todo lo que es humanamente posible. Como terminales de la energía cósmica, podemos liberar la percepción del condicionamiento de los vehículos y los centros. Ese es nuestro verdadero poder y el propósito final de nuestra existencia.





Liberar la percepción no significa dejar de percibir, sino dejar de hacerlo a través del molde de la forma humana. La trascendencia de la forma humana se consigue diluyéndola en la intensidad vivencial del nagual.





Al vencer sus retos, el nagual rompe la sugestión de los sentidos, las emociones y la mente, aprendiendo a moverse y a ser consciente y volitivo más allá de las condiciones del tiempo y el espacio. Al no depender de los vehículos y centros para percibir, no es susceptible de engaño o error. Careciendo de un organismo con el cual morir, es inmortal y vive para siempre.





Por su naturaleza avasalladora, el nagual absorbe, sintetiza y transmuta los atributos del ser humano, que de ese modo se convierte en dios.





El estado de conciencia del nagual es despertar absoluto; quienes lo alcanzan son creadores de su propio destino.





A fin de proporcionarse un reino a la medida de su divinidad, el nagual creó un mundo mediante la visualización, encarnó en sus criaturas y diseñó el plan civilizador de las serpientes emplumadas. Como nagual del Universo, la Serpiente Emplumada recibe el título de Príncipe de las Transformaciones.






Tomado de:http://www.templotolteca.com/