viernes, 1 de octubre de 2010

Espiritualidad y Sexualidad: ¿Guerra o Paz?

Por Cosme Puerto Pascual, O. P.


Sexólogo.





0. INTRODUCCIÓN:





0.1. ¿Por qué no jugar a ser utópicos en este tema?.





La espiritualidad y la sexualidad son dos dinamismos de la persona enfrentados entre sí. Ya va siendo hora de que ambos se hagan amigos y firmen una paz duradera para bien de ambos en la unicidad de la persona. La espiritualidad y la sexualidad son dos dinamismos de la persona enfrentados entre sí. Ya va siendo hora de que ambos se hagan amigos y firmen una paz duradera para bien de ambos en la unicidad de la persona. La utopía es la que siempre me ha guiado como sexólogo cristiano en la búsqueda de la gran hermandad, que debe existir entre sexualidad y espiritualidad. El seguir siendo utópico a pesar de las críticas, es lo que me anima a escribir este articulo sobre la gran amistad existente entre sexualidad y vida espiritual. De los piadosos espero su condena y de los no creyentes me expongo a sus burlas.


Pero no tengo miedo a afirmar que entre espiritualidad y sexualidad, existe para mí unas relaciones profundas como de dos buenas amigas. Amigas que no se atreven a mostrar el amor mutuo que se tienen y que lo ocultan en una lucha donde ambas compiten entre sí. Descubrir y admitir la profunda y verdadera amistad presentes entre la espiritualidad y la sexualidad es el objetivo prioritario que me propongo a través de estas paginas.


La vida de los grandes místicos es para mí el mejor ejemplo y donde se ve de manera más clara, hasta que punto la sexualidad puede convertirse en una fuente de experiencia espiritual y hasta qué punto la espiritualidad está en condiciones de contribuir a que la sexualidad sea vivida con mayor profundidad y trascendencia. Y es que la espiritualidad, debe ser sexual si quiere ser humana. O amamos a Dios como seres dotados de un cuerpo sexuado, sexual y erótico que somos, o no amamos en absoluto a Dios.


La sexología, entre otras ciencias humanas, ha puesto de relieve que el mundo de la sexualidad, entendido en su sentido amplio, ocupa un lugar muy importante en nuestra vida espiritual. Todo el amplio campo de nuestras relaciones personales, incluso las relaciones con Dios, de familia, de pareja o incluso, de las relaciones comunitarias y pastorales, están afectadas de hecho por el conjunto de nuestros dinamismos afectivo-sexuales. El OMS desde los setenta una y otra vez tratan de definirla de una manera más amplia y rica para poder comprender la salud integral y como parte de ella entra la espiritual.


La genitalidad y procreación han de ser consideradas desde este punto de vista como la pequeña punta del iceberg que se hunde su gran masa oculta en el mar. En ultima instancia, la sexualidad designa una función vital orientada a la búsqueda de un encuentro y relación fusional totalizante y placentero con el otro y con Dios. Así considerada, deja de aparecer, desde luego, como un lujo o un placer a cambio de las cargas inherentes a la procreación.

Si la espiritualidad encontrara acomodo en nuestra sexualidad, y ésta lo encontrará en nuestra espiritualidad, estoy seguro de que tendríamos menos problemas tanto con la una como con la otra. Además lograríamos experimentar nuestra sexualidad de una manera más profunda, que nos permitiría luchar con mejores armas para evitar la trivialización y permisividad, de que es objeto en nuestra cultura. Además muchos creyentes y la mayoría de nuestros jóvenes superaría la tentación de dejar la religión católica y abandonar la espiritualidad por no ver y experiemtnar la unión entre ellas.

El hombre de fe, religioso, piadoso que separa sexualidad y espiritualidad puede hacer que esta degenere en una asexuada o desexuada sutiliza espiritual. Si no conseguimos restablecer la relación de la creación de Dios entre ellas. No podemos ofrecer al hombre de nuestra sociedad y cultura, la relación nueva, cercana, feliz que busca entre religión y sexualidad. No se hará presente en nuestro mundo esa unión y renacimiento entre lo secular y religioso, de lo que tanto se espera y en que muchos confían para lograr la nueva cristianización.






0.2. La sexualidad en el pasado fue una manifestación de lo sagrado


La sexualidad humana como búsqueda de una totalidad imposible presenta unas profundas analogías con la experiencia religiosa. La misma experiencia religiosa no es ajena a sus orígenes y a las fuerzas de la sexualidad. El eros materno de la infancia no es búsqueda de un todo que colmaría cualquier carencia afectivo-sexual viene a constituirse en ello. Las relaciones entre sexualidad y religión suelen ser estrechas y ambivalentes. La historia de las religiones está ahí para demostrarnos, en efecto, como puede la sexualidad llegar a lograr un estatuto de sacralidad (ritos de fecundidad, prostitución sagrada, etc.), o bien, ser considerada como enemiga primordial de la trascendencia, precisamente por ese carácter de totalidad a la que aspira. Surgen entonces las prohibiciones tabuísticas como modo de evitar a los dioses cualquier tipo de competencia.




Uno de los grandes obstáculos para la comprensión de nuestra sexualidad hoy es la constatación de que somos prisioneros de las actitudes de la sociedades pretéritas respecto a la sexualidad. Para una mejor comprensión del presente, es conveniente empezar por el examen del pasado histórico. En determinados aspectos, estamos ligados por una herencia sexual que se ha transmitido de generación en generación; pero en otros ámbitos las ideas modernas difieren sustancialmente de los modelos de antaño. Siempre y en todas partes, salvo en nuestro mundo moderno. La sexualidad en el pasado ha sido una manifestación de lo sagrado. Este carácter sagrado de lo sexual hacía que la sexualidad participara de la idea de tabú, o sea, cosa intocable, cosa sagrada, esa otra cosa que es diferente de las demás actividades humanas.


En la mayoría de las culturas antiguas la sexualidad era entendida como algo sagrado, o sea, algo íntimamente relacionado con lo divino. Se suponía que los dioses también eran sexuados, y de esa sexualidad divina provenía el mundo y todos los elementos de la creación. Los seres humanos, al ser sexuados, participan de ese poder divino y, en cierta forma, se divinizan a través de las relaciones sexuales. Y esto no solamente mediante el matrimonio sino también por el coito con las prostitutas sagradas.


La sexualidad humana al participar del carácter sagrado, le dio cierto carácter misterioso del que participaban también la relación sexual, sobre todo en culturas con un escaso conocimiento anatómico y fisiológico de los órganos genitales de la mujer. Por eso el culto de las divinidades sexuales especialmente femeninas, tenía por principal objeto la fertilidad de las mujeres, una necesidad fundamental para la supervivencia de estos pueblos de gran mortalidad infantil. Sin bien la Biblia niega este carácter sagrado de la sexualidad.


La Biblia no es un código de moral sexual absoluta escrito de una vez y para siempre. Lo que sí es, un conjunto de libros escritos entre los siglos VIII y I antes de Cristo. Se trata de una historia que abarca dos mil años. En lo que respecta a la sexualidad, tema que nunca tuvo mucha importancia en la Biblia, hay opiniones e ideas muy variadas y contrarias, conforme avanzaban los siglos y se producían cambios. Por ello nunca podemos decir: la Biblia dice que...; en todo caso, que en la Biblia se afirma tal cosa, pero también tal otra... tal libro dice y tal profeta, en cambio, afirma que...La Biblia es un conjunto de libros que recogen una experiencia vivida, donde hay leyes, pero fundamentalmente un historia viva y dinámica, con todas las contradicciones y polémicas del caso.






0.3. ¿Quién no necesita un camino espiritual donde integrar su vida sexual?.




Por espiritualidad cristiana entendemos vivir la acción del Espíritu de Jesús. Y en ese vivir entra toda la realidad de la persona, ser profundo, su identidad sexual. No se trata de actividades, ni medios, ni ideología ni idearios religiosos, ni proyectos de vida. Es la vida misma, la manera sexuada de vivirla, de vivirse, de ser sexuado. La espiritualidad es constitutiva de la identidad humana y sexual. Y la identidad personal sexuada está constituida por la espiritualidad, como elemento conformante, no como elemento puramente integrador y añadido. Es la persona entera, global la que está formada por la espiritualidad. Dios no es un elemento añadido a la persona, como tampoco lo es la sexualidad. Forman partes del ser, de la identidad del cristiano.

Hoy son cada vez más las personas creyentes y no creyentes, las que sienten una profunda necesidad o anhelo de una sexualidad integrada en su vida espiritual. Una espiritualidad que no sea moralizante, normativa, pesimista, condenatoria de nuestro mundo y cultura sexual. Que se base en el amor y que acoja a las personas que viven el amor allí donde se encuentran. Que responda a una actitud optimista para animar a las personas a vivir y no con ojos pesimistas que nada de hoy ven bueno, todo lo sexual menos la reproducción, lo condenan y lo ven peor que la Sodoma y Gomorra del pasado.


Buscan en su fe y religiosidad una fuerza que las oriente, las guíe, las proteja y las conduzca a una espiritualidad realizadora de la sexualidad y les conceda un espacio en el que sus inseguridades, inhibiciones y temores sexuales no tengan ya ninguna fuerza. Lo que menos necesitan son normas y condenas amenazadoras de los que se tienen o se llaman piadosos. Conozco a muchas personas que se consideraría más creyentes, maduras y religiosas, si su sexualidad encontrará más aceptación positiva y ayuda para vivirla en su vida de fe.


No pocas personas dentro y fuera de la Iglesia se perciben a sí mismas en su vida sexual interior y exteriormente desgarradas, enfermas. Muchas llevan mal sus miedos, represiones, permisiones, inhibiciones, temores, culpabilidades y los duros estados depresivos en los que caen por no poderla ver de forma positiva y integrarla en su vida espiritual. Buscan una fuerza espiritual que las siga guiando y no la encuentran en su propia religiosidad o espiritualidad.


Buscan, necesitan una vida espiritual que las proteja y las conduzca a un espacio en el que sus temores e inseguridades no tengan ya ninguna fuerza. Lo que menos necesitan es un religión, que les ofrece un camino de vida espiritual de condena, que les aleja de los medios espirituales que necesitan para reencontrar el camino perdido. Lo que menos necesitan es una Iglesia y una jerarquía que solo le ofrecen condenas amenazadoras por los errores sexuales cometidos. Constantemente me encuentro personas que se castigan y acusan a sí mismas por no poder vivir la sexualidad como lo exige su fe, para ser más religiosas o más devotas.


Son personas que no necesitan una religión o vida espiritual moralizante, sino una vida de fe sanadora y portadora de fuerza para caminar hacia delante a pesar de sus grandes heridas sexuales. No necesitan de unos directores espirituales como instancias acusadoras de su vida sexual. Necesitan directores espirituales que como maestros de vida espiritual, les sepan explicar claramente con benevolencia y amor compasivo lo que es bueno en el campo sexual para ellas, Lo que es bueno para su vida espiritual en este campo. Que les digan a ser posible con el ejemplo de su vida sexual: aquí vas a encontrar alimento positivo, higiénico y sanitario para una vida sexual integrada en tu vida espiritual. Personas que como buenos pastores espirituales saben donde estas los buenos pastos sexuales, por donde podrán seguir adelante en sus errores y fracasos, porque ellos viven y conocen el camino que conduce a los pastos que llevan a la autentica y verdadera libertad sexual.






0.4. Hoy necesitamos maestros sexuados de vida espiritual




El Concilio Vaticano II nos recordó que la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. En dicha unión se trata de experimentar al Dios incomprensible, que es la verdadera esencia de la espiritualidad cristiana. Es un encuentro, una experiencia y una aceptación de Dios no meramente doctrinal o ideológica sino mistagógica. Es un encuentro y aceptación en lo más profundo de nosotros mismos, en esa realidad sexuada que somos y que nos define como personas.


La sexualidad es un dinamismo de la totalidad de la persona que nos ofrece dos caminos para vivir nuestra vocación a la unión con otro ser. El camino amoroso de la vida en pareja, que además le ofrece al cristiano, la mejor experiencia de nuestra unión a Dios por la fe. Pero los hombres espirituales disponen de otro, es lanzar toda la fuerza de su energía amorosa sexuada a centrarla en Dios y tener la experiencia de esa fusión total de lo finito con lo infinito. Los místicos cristianos lo han entendido así y lo convirtieron en su proyecto de vida espiritual. Ellos son los verdaderos maestros de este encuentro, de esta experiencia y de este camino sexuado de fusión con su creador.


Vivir en Cristo es vivir su vida sexuada, encarnada, su misión y su pasión por las personas, por crear una familia o Reino de Dios. Por eso, no se entiende una espiritualidad cristiana sin vivir como personas sexuadas, sexuales y eróticas, que somos. No discriminada por razones de sexo y por la vivencia de la sexualidad. Esta de parte de las personas sexuadas más débiles y de los pecadores. Las prostitutas os precederán en el Reino de Dios.


La autentica espiritualidad es vida y experiencia. Hoy necesitamos maestros que den testimonio de una vida sexual sana, integrada en su vida espiritual y que la trasmiten con su ejemplo de vida sexuada y sexual. No necesitamos perfeccionismos espirituales que llenan las alforjas del caminante cristiano de preceptos, normas y amenazas condenatorias. Las condenas no ayudan a vivirla y tener experiencias sanas y positivas, que son las mejores ayudas para el peregrino de la vida espiritual. La represión, la negación, los peligros, los miedos y la estrechez de conciencia, la insistencia autoritaria en las verdades de fe y el ejercicio del poder son caminos poco claros para el caminante del espíritu. La espiritualidad da vida, porque es vida y ofrece caminos de vida para que las normas no sean cargas insoportables de llevar. Esto es lo que anhelan las personas que quieren experimentar una sexualidad como fuente de espiritualidad. Acceder a una experiencia de Dios a través de una autentica y verdadera vida sexual.


Para ello es muy importante que las personas entiendan primero que es una sexualidad positiva y sana, comprender y entender la realidad sexual como es en el proyecto de Dios. Y, después que tengan la valentía y el coraje de preguntar a los maestros de vida espiritual: ¿cómo vivir una sexualidad sana integrada en un camino de vida espiritual cristiano? ¿cómo puedo como creyente reconciliar vida espiritual y sexual? ¿Cómo puede reconciliar mi pasado sexual con ese tipo de vida espiritual? ¿Qué me ofrece la experiencia de su vida sexual a mi vida espiritual? La compañía y el trato con los maestros de vida espiritual, no es para encontrarse con más normas o condenas, que me desaniman y me quitan las ganas y el gusto por vida sexual, quitándome la poca autoestima sexual de mi existencia, sino ejemplos de vida real que me animan, impulsan a vivir una sexualidad integrada en mi espiritual en un camino de desarrollo y experiencia de Dios en ella.


El camino de una vida espiritual autentica es un camino de libertad y liberación sexual. Es una camino de vitalidad y de desexuación y represión. El camino espiritual me lleva a Dios y a integrar y vivir mi sexualidad en su amor. Tener y vivir un gran amor sexual, es el mejor signo de una espiritualidad auténtica. Los que hemos tenido que buscar fuera de Dios lo que nos ofrecía la sexualidad, nos dimos cuenta, que es más difícil encontrarlo y hemos tenido que rectificar el camino. Eso es lo que nos ofrecen los auténticos místicos cristianos, una vida y una experiencia de vida, de qué es posible integrar la sexualidad en un camino espiritual, que nos lleva a la experiencia de Dios en el gran orgasmo místico.


La falta de amplitud de miras en la valoración del concepto de sexualidad cristiana. Unida a la estrechez de miras de ver la sexualidad como don de Dios y camino de vida espiritual integrada en ella han dado como resultado como telón de fondo una inflexible rechazo de la sexualidad. El que toda actividad sexual incluso la vivida dentro del matrimonio dirigida a la reproducción, fuera desaprobada. Todo ello ha impedido verla como don de Dios en ningún estado de vida cristiana, el no aceptarla como buena en ninguno de sus múltiples formas de vida y mucho menos como camino y fuente de espiritualidad.






1. LO ESPIRITUAL HABITA EN LO SEXUAL.





1.1. ¿Qué efectos produce una consideración negativa de la sexualidad en lo espiritual?.



Los cristianos que se alejan, huyen, reprimen, niegan y renuncian de su propia sexualidad en vez de integrarla en su propia espiritualidad, me recuerdan aquel hombre que se empeña en escapar de su propia sombra. Cuando se pare y vuelva a mirar para atrás se encontraba con ella. Somos personas sexuadas, sexuales y eróticas, es imposible en la vida espiritual sacudirse o huir de ellas. Cuando más corramos y queramos alejarnos de ellas más cerca estarán. Esto mismo nos sucede cuando queremos alejarnos y huir de nuestra sexualidad, ya que es algo que somos y llevamos dentro. De nada sirve ignorarla, huir de ella, reprimirla, negarla. Jamás lograremos vernos sin ella. Solo podemos aceptarla como positiva y tratar de hacer las paces con eso que somos y llevamos dentro. Además si la integramos en la vida espiritual sin huir de ella y nos hacemos amigos de ella, puede convertirse en una energía que nos ayude e impulse a vivir esa vida espiritual con fuerzas renovadas.


¿Es para nosotros la vivencia y experiencia de la sexualidad una moda más o es una actitud positiva que logra mejorar las relaciones de amistad entre ambas?. Una actitud negativa del concepto de sexualidad daña nuestro concepto de Dios, nuestra fe y nuestra vida espiritual. La actitud negativa ante la sexualidad humana puede dañar también nuestra actitud religiosa, nuestro concepto de Dios y nuestra vida espiritual. La actitud negativa y los sentimientos de temor, suciedad y culpa a ella asociada y los que la conocemos a través de la Iglesia cristiana, nos han trasmitido un concepto de Dios, que pasa a ser visto como una padre de autoridad, poder y castigador, que desconfía de la sexualidad y que castiga las faltas sexuales con la mayor dureza.


Me llama mucho la atención ver hoy en personas marcadas por una profunda disposición religiosa y espiritual, que saben que Dios es compasivo y misericordioso, una rigurosa condena espiritualidad de lo sexual. Yo creo que olvidan distinguir entre muchas imágenes conscientes e inconscientes de Dios. Creemos en un Dios bondadoso, misericordioso y compasivo con los pecados sexuales. Pero en nuestro inconsciente están todavía las imágenes de nuestra infancia: la imagen de un Dios como juez severo, castigador implacable, contable escrupuloso de las faltas sexuales... y que por otra parte se olvidan de contar y denunciar las grandes injusticias sociales de ellos mimos. Este concepto de Dios hace que nos avergoncemos de nuestra propia sexualidad, de nuestro cuerpo, de sentirnos indignos de nosotros mismos, de sentimientos de miedo de ser castigados, de no ser aceptados por los demás por lo malo que somos, nos invade de sentimientos de culpa, de hacer siempre algo malo y pensar que es lo que más ofende a nuestro Dios.


Desde esta actitud, es imposible ver y hablar de una sexualidad como fuente de espiritualidad. Hoy muchas encuestas sociológicas están indicando este hecho como causa de perdida de la fe, abandono de su vida cristiana y que otros busquen una respuesta a lo que buscan en otras religiones. En semejante situación, a muchos cristianos les resulte ya imposible volver a comprender la unión de ambos conceptos. Tal vez algunos pocos tengan la dicha de encontrar algún creyente preparado en este campo y les lleve de nuevo a acercase a Dios. Descubriendo que la sexualidad es buena por ser creada por Dios y haberse encanado en ella. Lo cual con el tiempo puede llevarles a vivirla como un regalo de Dios, conciliarla con su fe y su vida espiritual.


Hoy la vida se mueve con gran rapidez, y nuestros jóvenes que necesitan integrar su sexualidad con su fe no tienen mucha paciencia. Por lo tanto, el cristianismo tiene que superar rápidamente las connotaciones negativas con que ha cargado en el pasado a la sexualidad. Ya que la juventud cristiana necesitan integrar su sexualidad con su fe y vida espiritual. No tienen mucho tiempo para dedicarlo a ello y no saben esperar mucho. Por tanto nuestra Iglesia tiene que ser positiva acerca del don de la sexualidad. Los medios de comunicación sobre todo sacan a relucir ante los jóvenes lo que negamos y casi nunca o muy pocas veces lo que tenemos de positivo en este campo.


La agresividad entre los sexos es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. El terapeuta suizo Furrer dice: "la brutalidad es casi siempre sexualidad reprimida". En los hombres religiosos y piadosos esta brutalidad de su sexualidad reprimida se manifiesta en la dureza de sus críticas a la sexualidad de otras personas y de la sociedad de hoy. Las critican brutalmente como inmorales y poco exigentes en lo sexual. Muchos fundamentalismos actuales también se comportan brutalmente con los cristianos y no cristianos que no tienen sus mismos puntos de vista o viven de una manera un tanto diferente de cómo ellos, tan piadosos y religiosos, consideran correcto.


Si niego o reprimo la sexualidad como fuente de espiritualidad, ella misma se encargará de encontrar un orificio o resquicio de salida a través del cual manifestarse y hacerse notar en nuestra vida espiritual. Esto sucederá en el momento en que menos lo espere y me encontraré desprevenido y no me dará la oportunidad de abordarla de manera positiva y creativa. Privándome así de la posibilidad de sacar de ella un fruto positivo en cuanto fuente de espiritualidad.


Justamente aquello que es elegido como medio de negación y represión de la vida sexual, se convertirá en el resquicio o vehículo de retorno de la vida sexual reprimida o negada, la sexualidad reprimida al final se alza con la victoria en mi vida espiritual. Nunca olvidemos algo, que ya nos comunico Freud: él era consciente en la vida de sus pacientes, que la sexualidad reprimida, cuando retorna, emerge de aquello mismo que la reprimió.


Como conclusión de este punto podemos decir, que el ambiente social y religioso de nuestra cultura, a pesar de algunos cambios en las últimas décadas, sigue siendo represivo y culpogeno, más preocupado por dar normas y prohibiciones que por dar un esquema filosófico y teológico positivo de la vida sexual donde integrar y poder vivir una espiritualidad sexuada.






1.2. ¿La Iglesia trasmite hoy en la espiritualidad una actitud sana y positiva ante la sexualidad?


La sexualidad para integrarla en la vida espiritual, hay que aceptarla, amarla, conocerla, mirarla de forma complaciente en vez de rechazarla. Es algo que me pertenece, es una parte de mí. También esa parte de mí necesita ser amada y aceptada para poder vivir una espiritual cristiana encarna y no angelical. No podemos extirparla. Es una huella de Dios que la ha creado y la ha puesto en mi persona, como un don que nos lleva y nos hace pensar en Él. Si nos vamos al desierto a vivir la vida espiritual allí se irá con nosotros. La cuestión de mi vida espiritual no esta en huir de este dinamismo de la persona, sino en detenerse en él mirándolo de frente y de forma sana y positiva. Aunque suene a paradoja, esta parada reflexiva es condición previa para todo progreso humano y espiritual.










La actitud positiva hacia nuestra sexualidad es una importante condición previa de toda vida espiritual sexuada. Dios entra en nuestras vidas y se acerca a nosotros a través de un cuerpo sexuado donde se encarna y a través de los cinco sentidos que tiene ese cuerpo. Dios entra continuamente en nuestras vidas y se acerca a nosotros a través de esa cinco puertas al exterior para entrar al interior. A Dios lo conocemos también sensualmente.





El valorar positivamente a la sexualidad, dejando que sea fuente, enriquecimiento y posibilidad de experiencia para nuestra vida, así como para nuestra vivencia religiosa y espiritual, puede contribuir a dar vida a nuestra espiritualidad y arraigarla en lo corporal. A su vez, una actitud positiva hacia la espiritualidad puede ayudarnos a tener una experiencia más profunda de la sexualidad.


Yo desde mi experiencia sexológica pienso que no ha trasmitido esta actitud la Iglesia. A la trasmisión de la fe desde la más tierna infancia le falta una consideración integral, sana y positiva de la sexualidad. La conclusión que se sigue de ello es que los cristianos terminan viendo su sexualidad como el enemigo más grande de su vida espiritual y no caminan en la búsqueda y logro de una sexualidad integrada en su vida espiritual.


La sexualidad que comienza a despertar en nosotros al nacer y recibir el bautismo de Jesús ha de ser aceptada, disfrutada, celebrada y progresivamente integrada en nuestra vida de creyentes. Se trata de ir desarrollando la capacidad de nuestra vida de fe, de discernir en que consiste, que funciones tienes y de cómo vivirla como un proceso de vida espiritual cristiano. Se trata de ir desarrollando nuestra identidad, su capacidad positiva, de cómo vivirla, de irla integrando, qué sentimientos suscita, que experiencias la constituyen como buena y que nos aporta a nuestra vida de fe.


Precisamente las experiencias e impresiones que, en lo referente a la sexualidad, vivimos en nuestra familia en la que crecemos y en nuestra parroquia donde recibimos nuestra fe, son especialmente importantes y tienen como consecuencias positivas o negativas, según el caso, de cara a la relación que en el futuro habremos de mantener con nuestra sexualidad, y con nuestro concepto de Dios y marca nuestra vida espiritual.






1.3. La gran pregunta: ¿cómo valoramos los cristianos la sexualidad?.




Una sexualidad abierta a la espiritualidad requiere un concepto más amplio. No sólo se unen los genitales, buscando una reproducción, sino también los corazones, buscando una fusión afectiva de nuestras personas. Si en nuestras vivencias de la sexualidad hay lugar para la espiritualidad, entonces en el encuentro sexual percibimos la totalidad de nuestras personas, y en nuestra unión coital se hace presente una gran parte de nosotros mismos, que en ese instante nos ofrecemos, nos entregamos mutuamente en todo nuestro ser. Abiertos por completo el uno al otro, nuestras personas pueden tocarse y abrirse paso por un momento en el corazón del otro.








Yo soy de la opinión que en nuestra fe y espiritualidad los católicos debemos estar agradecidos al mundo secular por su contribución a una nueva comprensión de la sexualidad, que hace posible este punte de unión. Ahora le corresponde a la teología espiritual cristiana, a través de la revelación, comprender lo maravilloso de la sexualidad integrada a la espiritualidad como imagen de lo divino.





Solamente si entendemos y valoramos los significados de la sexualidad humana en su concepto global, puede entrar y formar parte de nuestra vivencia espiritual. Sin embargo la teología católica en general ha evitado el área completa de la sexualidad y carece de una filosofía matizada sobre la relación entre sexualidad y espiritualidad. Esto es una lastima, porque deja sin marco adecuado a innumerables fieles para que puedan vivirla y experimentarla. La teología y la filosofía cristiana no pueden permitirse e ignorar la visión integral, que le aporta la ciencia sexológica actual, desde donde poder ver e integrar sexualidad y espiritualidad.


¿Por qué la Iglesia le tiene tanto miedo a la valoración tan rica y compleja del concepto de sexualidad de la ciencia sexológica y la cultura de hoy?¿Los católicos aceptamos y comprendemos la sexualidad en toda su complejidad? Al menos en los países occidentales católicos la sexualidad no aparece vivida e integrada en la totalidad de la persona y de la vida humana. Aún hoy y a pesar de la gran revolución sexual sufrida, la sexualidad es algo que aparece al lado de la vida, algo aparte de nuestro cuerpo, y, por tanto, de la relación completa entre las personas y de todos los componentes o dinamismos de la persona.


La Iglesia para descubrir y ofrecer a sus contemporáneos una espiritualidad de la sexualidad, necesitan en primer lugar curar la miopía con que mira el concepto de sexualidad. Necesita despojarse de imágenes y conceptos de Dios, hasta dar con ese Dios que de su mano creadora, de su poder no puede salir algo negativo, sucio, malo y llegar a ese Dios infinito, que es creador de todo lo bueno y entre ello está la sexualidad. Dejándose guiar por esta imagen incompresible e infinita. Para poder dejar tras de sí todo su pasado y saber sexual, para salir de sí misma, en la oscuridad de la ignorancia, y alcanzar la sabiduría del Dios oculto y desconocido. Ya que solamente desde ese camino puede comenzar a encontrar un nuevo concepto desde el que vivir la sexualidad. Solamente de ese modo el cristiano encontrará una nueva perspectiva de la sexualidad y de su realidad sexuada, sexual y erótica, así como de otras culturas sexuales.








Es muy esclarecedor, que los educadores y evangelizadores cristianos nos hagamos la siguiente pregunta: ¿Qué les decimos en nombre de Dios a las personas sobre la sexualidad?. Una primera afirmación ante esta pregunta; podría consistir en recordar que no se debe reducir la sexualidad a su aspecto genital, sino entenderla de forma más amplia e integral. Ya a primeros del s. XX nos aportaba esta verdad Freud. Para poder comprender la integración de la vida sexual en una espiritualidad cristiana, esta verdad es fundamental no echarla en saco roto.





El concepto de sexualidad dice, por el contrario, mucho más. La sexualidad engloba a toda la persona. La sexualidad debe ser considerada como un aspecto o un dinamismo de la integridad de la persona. Un dinamismo, no el único. Un dinamismo esencial y fundamental por la influencia que ejerce cobre los otros, pero no el más elevado en la jerarquía de calores. Un aspecto que es necesario integrar y desarrollar de manera armónica y dinámica, en el conjunto de dinamismos que comparten la personalidad. No solamente es necesario aceptar este hecho, sino también valorarlo en su intrínseca positividad para poderlo integrar como fuente de espiritualidad.


La concepción integral de la persona y de la sexualidad parte de una visión antropológica unitaria, totalizadora. Se origina y está centrada en la persona considerada como realidad única e indivisible. Unidad integrada en sí misma. No tiene dicotomía, es un totalidad en la cual podemos considerar aspectos corporales, psicológicos, afectivos, sociales, culturales, religiosos o espirituales y higiénicos-sanitarios, pero no son separables ni son sustancias independientes.


En este enfoque la persona es una totalidad en permanente expansión, asumiéndose cada día más y asumiendo su entorno. Es y busca ser. Identidad y autotrascendencia. Busca crecer más, realizarse. Esta totalidad, dinámica y dialéctica, es alteridad y relacionalidad. Su alteridad es encuentro, comunicación, diálogo, relación, vinculo, etc. Esta persona en permanente devenir y autoconocimiento, en permanente apertura y diálogo, no es un ser desexuado o asexuado, es una persona sexuada.


Partiendo de estos presupuestos básicos de la persona, nos vamos a detener estrictamente en el dinamismo sexual. Es un dinamismo muy complejo porque la persona sexuada es un riqueza tal que nuestro percibir no lo puede agotar en una sola observación. Esta riqueza de la sexualidad nos lleva a hacer algunas anotaciones:


La sexualidad se puede asumir como una cualificación general, que impregna toda la persona. Por eso dijimos que toda la persona es sexuada; la sexualidad también se puede ver como un aspecto, una energía, una fuerza, una pulsión que juntamente con la espiritualidad son de lo más importante del existir humano. Esta pulsión sexual no está aislada. Se encuentra con otras pulsiones que tienden a la vida.


Nacemos sexuados y nos hacemos sexualmente adultos, maduros. Es un dato que no escapa a nadie. Si somos personas sexuadas, lo somos en todas las dimensiones, en todos los aspectos, en todas las áreas o instancias de la persona. Los órganos genitales son una de las constataciones de la sexualidad, el dato sensible, experimentable. A partir de la genitalidad se podrá reflexionar sobre esa sexualidad evitando las visiones angelicales y peligros de un racionalismo deshumanizante.


Más lo sexual no se reduce a los órganos genitales o lo orgánico. Nacemos sexuados, pero nos hacemos sexualmente adultos. Mi sexualidad es un modo de ser que adquiero, que aprendo, que me lleva a asumir determinadas actitudes, modos de pensar, sentir y actuar. La sexualidad es también una realidad psíquica, una realidad social y cultural. Esta afirmación es de trascendental importancia ya que indica el modo propio de ser de la sexualidad humana. Es por esto que en el hombre no podemos hablar de instinto sexual sin más, ya que éste no es pura naturaleza.


La sexualidad humana, si bien surge de lo biológico como pulsión, es abierta, flexible, se aprende. No esta determinada por ciclos. Los medios, las formas de expresión, la satisfacción se pueden anticipar por la imaginación y deseo. La desvían las parafílias, las inhibiciones, abusos... Para la sexualidad humana es posible separación de reproducción y placer, etc.


Nos da la identidad. Identidad sexual significa ser uno mismo y distinto del otro. Identidad sexual o sexuada es asumirse como varón o mujer y mantener bien claras la diferencias. La identidad sexual se adquiere a través de un largo proceso evolutivo en el cual se dan identificaciones parciales, contraindicaciones e incluso confusiones de identidad. Esta identidad adulta y madura es lo que posibilita una adecuada elección de la pareja heterosexual.


La sexualidad no es ni un aspecto, ni una parte, ni un impulso o pulsión, ni un instinto; impregna toda la persona, cualifica toda la persona, en todo, no solo en el cuerpo o en determinados órganos. La sexualidad es un modo de ser y vivir como persona. Por lo tanto pensamos, sentimos, actuamos, vivimos sexuadamente. Es un modo propio de vivir la sexualidad, de ser, de sentir, de percibir, de comunicarse; un modo propio de vivir y expresar el amor.






1.4. El mundo de hoy necesita de una reconciliación de sexualidad y espiritualidad.




Los dos grandes componentes a tener en cuenta a la hora de buscar una reconciliación son: el primero es una identidad sexual cristiana, que nos hace vivir identificados en lo que somos y como nos expresamos en nuestras relaciones mutuas. El segundo es la vida en Cristo o el vivir en Cristo con la novedad de vida que ello entraña, es el componente más básico y radical de la identidad cristiana de la persona sexuada y sexual. No se trata como veremos más delante de una identificación moral con Cristo desde el esfuerzo de uno mismo, aun teniendo a Cristo como modelo de identificación; se trata, para el cristiano, de una vinculación ontológica, existencial, mistagógica con Cristo.


Cualquier fallo o abuso de la vida sexual se convierte para las personas religiosas en motivo para inculparla, ponerla bajo sospecha y excluirla de la vida espiritual. Sin embargo existe entre vida espiritual y sexualidad una relación y interrelación de mutuas dependencias. Quien separa vida espiritual y sexualidad, siembra la discordia entre ambos valores, separando el amor humano y el amor a Dios. Entre las personas que la separan y las alejan una de la otra, la sexualidad se trivializa hasta convertirse en un objeto de consume en nuestro mundo y la espiritualidad cristina se convierte en una realidad deseada, inhumana y se convierte en un frío gélido e insoportable, que hiela el crecimiento de las mejores virtudes cristianas.


Las tradiciones religiosas, incluida la cristiana, han existido y existen formas de ver la sexualidad como algo sano y positivo e incluso como fuente de espiritualidad. Hoy se habla mucho de la necesidad en la vida cristiana de grandes místicos. Ya que son los que mejor han vivido la sexualidad de cara a una relación espiritual viva con Dios. Los que mejor han entendido y por tanto pueden dar testimonio de la sexualidad como una fuerza que nos saca de nosotros mismos y nos insta a entregarnos a los otros. Es una energía que es capaz de llevarnos a transcendernos hacia Dios, de proporcionarnos una vital y rica experiencia del amor de un Dios que nos seduce y un amor humano que se deja por amor de Dios y, a la vez fundirnos plenamente en el Dios que creemos y amamos.


Son muchas las personas que necesitan y buscan hoy un camino espiritual donde integrar sexualidad y desarrollo. A menudo lo buscan fuera de la Iglesia, en la que echan en falta la dimensión afectivo sexual como camino espiritual; o bien no confían en que ella pueda comprender su necesidades sexuales y acompañarles en este terreno. Muchos viven experiencias sexuales religiosas fuera de la Iglesia. A mí me merece un gran respeto, la seriedad con que se disponen a recorrer el camino religioso, sin negar sus sexualidades.


Cuando se deciden a abandonar la fe y las relaciones con el Dios de su infancia, que le trasmitieron o le impusieron sus padres, lo hacen de manera muy de prisa e irreflexiva. Cuando nos ponemos en camino de búsqueda del verdadero Dios, lo primero que debemos hacer es analizar nuestras imágenes de Dios y preguntarme: ¿Qué Dios busco en realidad? ¿Se trata del Dios verdadero o una proyección mía? Si examinamos con honradez nuestras imágenes de Dios, descubro que están marcadas por las experiencias de mi temprana infancia. Lo cual no tiene nada de extraño. El concepto que me dieron fue un sucedáneo de nuestro padre y un concepto sexual marcado por ese Dios infantil, autoritario y castigador de todo lo sexual. Ya que portaba el mismo concepto de sexualidad que el que tenían mis progenitores. Olvidando que lo que he hecho es haber proyectado mi concepto de mi padre sobre mi imagen de Dios. Que no tiene nada que ver con el Dios de Jesús y sobre el camino de vida espiritual en la que debo integrar mi sexualidad.


Todo aquello que ardientemente deseas, huyes y condenas, lo llevas dentro de ti. En realidad en tu vida espiritual son muchos los que huyen de si mismos, de su sexualidad, de lo que son. Huyen de la angustia que les produce su sexualidad, de sus sentimientos de culpabilidad. Huyen para escapar del peligro y situaciones conflictivas de su sexualidad en el trato con los otros. Y lo peor es que todo eso de lo que desean liberarse para vivir una espiritualidad más autentica lo llevan dentro de sí mismos, porque no pueden prescindir de lo que son a la hora de vivirla.








La sociedad está hambrienta y hecha de menos un diálogo serio, crítico y profundo acerca de sexualidad y espiritualidad. Esto es lo que yo trato de proporcionar en este artículo. Para ello, yo creo, que es necesario una transformación radical en el modo de ver la sexualidad cristiana y que en ella entre la posibilidad de integrar una positiva y rica vida espiritual. En mi opinión, para dar este paso dentro de un dialogo abierto por ambas partes, aunque el paso de la biología al amor es lo adecuado. Hasta ahora los pasos dados por la Iglesia no son suficientes.





Antes de dar el paso de dejar mi religión y buscar otro camino espiritual donde vivir y integrar mi sexualidad. Necesito poner en crisis, purificar, reflexionar, discutir y abandonar mis imágenes de Dios y describir el camino espiritual más adecuado donde integrar y vivir la energía sexual que me conduce hacia Dios.


Nuestras imágenes de la sexualidad dependen de nuestras imágenes de Dios. Las imágenes de Dios dependen de nuestra imágenes sexuales. Por eso el problema de los que buscan vivir su sexualidad con fuente y camino de espiritual. Tienen el peligro de confundirse y engañarse al dejar su fe y buscar otra. De lo que se trata es, más bien, de purificar la imagen de Dios recibida de sus padres y de la Iglesia liberándola de las imágenes infantiles, que les ofrecen desde ese Dios unas imágenes sexuales demoníacas, negativas, sucias y pecaminosas.


Necesitan purificarse ellos mismos de todas las heridas sufridas durante su pasado. Quien es duro consigo mismo, con su sexualidad, proyectará también esa dureza en su imagen de Dios y de la sexualidad. Quien no se concede nada a sí mismo en su vida sexual gozosa se imaginará un Dios que no le permitirá disfrutar de la vida espiritual y de su sexualidad. Mirará a ese Dios como una autoridad pronta a castigar muy duramente toda falta sexual y su vida espiritual será una continua desconfianza a poder vivir sana y positivamente su sexualidad como valor realizador de su persona.


No existen imágenes de Dios y de la sexualidad totalmente positivas, sanas y verdaderas, que permanezcan infalibles y estáticas. Nuestras imágenes de ambas realidades siempre estarán mezcladas con las experiencias vitales de cada cual y con las imágenes que cada cual tiene de sí mismo. Nuestra inacabable tarea consiste en purificar estas imágenes poniéndose de formar abierta ante ese espíritu que Dios nos envía para darnos a conocer todo lo que Jesús no pudo porque no podíamos retener tantas cosas. Este espíritu de Jesús al que nos abrimos cada día con honradez y sinceridad nos ayudará a corregir sus distorsiones y para que emerja en todo su esplendor la verdadera imagen de Dios y el verdadero concepto de sexualidad que debe ser integrado en el camino espiritual. Todos necesitamos cultivar una mirada crítica para descubrir en qué medida nuestras imágenes de dios y de la sexualidad, en qué medida estás resultan falseadas por nuestros miedos inhibiciones y oscurecidas por no haberlas vivido bien.


La más peligrosa de mis imágenes de Dios y de mi vida sexual consiste en la ideologización mi estilo de vida espiritual y sexual, como fuentes que pueden satisfacer todas mis necesidades afectivas, llenar del todo mi anhelo absoluto de amor, placer y seguridad. Pasando por alto mis necesidades vitales de amor, placer, ternura, cariño y humana cercanía, en la convicción de que Dios, mi vida espiritual y sexual llenarán todas esas necesidades, estoy pidiéndole demasiado a mi relación con Dios, a mi vida espiritual y a mi sexualidad, convirtiendo a estas en un sucedáneo de una vida que no vivo, ni cultivo en ninguno de estos campo, de un amor que no disfruto. Esta imagen de Dios, de mi vida espiritual, de mi amor y de mi vida sexual, distorsionada por mis necesidades y exigencias humanas, ha de ser purificada para que yo pueda ver a Dios como en realidad es, la vida espiritual en la que integrar mi sexualidad, para que las imágenes de estas realidades no sean falseadas por el prisma de mi vida sexual reprimida, inhibida, desexuada y negada.






2. LA SEXUALIDAD COMO FUENTE DE ESPIRITUALIDAD CRISTIANA.





2.1. La dimensión espiritual cristiana de la sexualidad.




La espiritualidad es el núcleo profundo de la identidad cristiana. La identidad cristiana no es posible verdaderamente sin la espiritualidad, pues le faltaría la raíz de donde brota y se alimenta constantemente. Los hombres espirituales cristianos son aquellas personas sexuadas y sexuales que están llenos del Espíritu de Jesús, y lo están de una manera viva, constante y palpable, puesto que la fuerza y la vida de ese espíritu invade toda su persona y toda su acción. Las fuentes de esa espiritualidad sexuada no pueden ser otras que la vida, la palabra, el ejemplo y testimonio de Jesús acogidos saboreados en el corazón y encarnada en nuestro cuerpo sexuado, nuestra vida cotidiana.


Jesús se hace un hombre en todo como nosotros. Luego a la reconciliación entre espiritualidad y sexualidad se llega cuando se acepta a Jesús de Nazaret como camino, verdad y vida, cuando se intenta vivir los valores evangélicos y cuando se siguen las mociones del Espíritu Santo. Es vivir bajo la acción de espíritu de Jesús. Y ese vivir entra toda la realidad de la persona, sin dejar fuera la sexualidad, su ser profundo, su identidad. No se trata de actividades, ni medios, ni ideología ni idearios religiosos, ni de proyectos de vida...Es la vida misma, la manera de vivirla de vivirse, de ser sexuado. La espiritualidad es constitutiva de la identidad de la persona sexuada. Y la identidad personal sexuada está constituida por la espiritualidad, como elementos conformantes, no como elemento puramente integrador o añadido.


Ya que es la persona entera la que está formada por la espiritualidad y el sexo. Dios no es un añadido a la persona sexuada. Forma parte del ser sexuado, de la identidad sexual y cristiana. Para persona espiritual la fe y la sexualidad no existen como elementos nuevos que se incorporan y se integran en la persona, existen como elementos constitutivos del hombre creyente. Sus faltas indican que no se han asumido su ser de persona sexuada y creyente. Por eso, no puede darse distanciamiento entre espiritualidad y sexualidad.


El primer paso en nuestra vida espiritual cristiana para hacer las paces y hacernos amigos de ese dinamismo de la persona del que deseamos huir o distanciarnos, es tomar conciencia de que está dentro de nosotros, nos define, nos identifica y no podemos eludirlo. Es algo que nos pertenece, nos define, que no podemos vivir sin ello. También esa parte de mí necesita de mi vida espiritual y no puedo vivirla sin ella. Es como es, y así debe de ser.








La dimensión sexual de la persona humana en la vida cristiana está impregnada de sospechas, hostilidades y miedos. A sido aceptada a regañadientes gracias a la procreación y permaneció en el contexto de esta interpretación hasta épocas muy recientes, cuando, en los últimos tiempo, todas las otras confesiones cristianas han ido cambiando de actitud en la a aceptación de coito como expresión de amor. La relación entre la sexualidad como fuente de espiritualidad es todavía mucho más difícil de aceptar e integrar.





Para que este camino se haga más fácil y corto la teología católica necesita buscar en la escritura, tradición y sobre todo en los Evangelios las bases que lo hacen posible. Ya que los hombres de la cultura actual perciben su sexualidad como algo bueno y no entienden por qué debe negarse a ellos esta realidad para vivir y desarrollar su fe y su vida espiritual. La respuesta a la relación y integración de sexualidad en vida espiritual no se encuentra en la palabra negación. Negar lo bueno no tiene sentido; pero insertar algo bueno en la propia vida espiritual, porque sólo entonces se percibe como plenamente beneficioso, tiene un gran sentido. Lo que tenemos que enseñar a los hombres de hoy son las razones de la teología espiritual que hacen comprensible, razonable y posible esto.








2.3. Razones para una teología espiritual de la sexualidad cristiana.





A lo largo de la historia del cristianismo, la sexualidad y la espiritualidad se han distanciado dolorosamente mucho. Para que hoy pueda darse la reconciliación, es necesario que ambas se pongan en camino de conversión. La espiritualidad cristiana debe olvidad su animadversión con la sexualidad. Pero no basta con que la espiritualidad aprenda a mejorar su disposición hacia la sexualidad. La sexualidad humana, por su parte, ha de reconocer que necesita ser complementada por la espiritualidad. La vida sexual no esta exenta de oscuridad, de oscuridad, deterioro, de haber caído en el olvida de la espiritualidad. Ninguna de las partes en discordia esta eximida de la parte negativa.





Para que pueda producirse una reconciliación, cada una de ellas ha de salir al encuentro de la otra, es preciso que ambas partes se pidan perdón y cambien. Si lo hicieran, ello redunda en beneficio del ser humano y de la fe. Cuando sexualidad y vida espiritual se aúnan. La vida sexual puede llevar a la espiritual, a Dios. Puede llevarme hasta la unión sexual con la persona a la que amo o a la unión mística con Dios. Ambas se implican mutuamente y aspiran a avecinar lo humano y lo divino, como en el caso de la experiencia mística. Para que en la relación del ser humano sexuado y sexual con Dios pueda darse reciprocidad, es preciso que la sexualidad y la espiritualidad cristiana se entreveren estrechamente. Y en esto debe trabajar todavía mucho la teología cristiana para que se haga realidad.


En la sexualidad amor y no en la reproducción, acontece la reconciliación entre sexualidad y espiritualidad cristiana, la mística es la que mejor conoce y tiene experiencia de ambos caminos: el que lleva de Dios al ser humano y el que conduce del ser humano a Dios. La fe en la posible unión del ser humano con la divinidad sólo puede madurar sobre la base de una sexualidad fuente de amor, que también es la que permite la comunión con Dios se condensara en unión amorosa con Él. Únicamente entonces alcanza la relación humano-divina su plena contextura sexuada y sexual.











Si le permitimos a la bondad de nuestra sexualidad entrar en nuestra vida personal, si la dejamos que ella actúe, también es capaz de vivificar y animar nuestra vida espiritual. Debemos reintegrar la sexualidad sana y positiva en nuestra fe, en nuestra Iglesia, en nuestra teología. Tenemos que abrirle las puertas de nuestro corazón, de nuestros templos, de nuestros comentarios homiléticos... Ha llegado la hora y nuestra cultura y sociedad a sí nos lo pide de que la Iglesia y la reología cristiana se desprendan de la férrea coraza con la que ha asfixiado a la sexualidad sana y la vitalidad que la acompaña para dinamizar nuestra vida espiritual.




La sexualidad trae consigo corporeidad; lo biológico en el hombre se hace mente, nuestra manera positiva de verla y de pensar; nos aporta nuestro modelo de identidad; etc. Se hace encuentro, relación, comunicación, amor, tacto, ternura, caricia y todo ello llena de humanidad, fuerza y gozo a nuestra vida espiritual. Fecunda con su riesgo nuestra vida espiritual, contribuye a darle profundidad y a que esté en contacto con lo corporal, con la tierra. Sin estas aportaciones nuestra vida espiritual se convierte en algo desexuado, angelismo, espiritualismos, estaríamos a nivel espiritual como segregados, separados de lo corporal y de la realidad de vida.





Un primer y decisivo paso de la teología cristiana que nos puede llevar a la reconciliación de sexualidad y espiritualidad, es ayudar a descubrir los fundamentos dogmáticos y humanos de la positividad de la sexualidad en el pensamiento cristiano. Ya que estas aportaciones le brindan a la sexualidad humana la entrada en la totalidad de la persona y, en todos los ámbitos de nuestra vida cristiana y dejándola actuar.






2.3. Algunas de las aportaciones más importantes.








2.3.1. El gran regalo de la creación de Dios.




Dios se manifiesta en todas las obras de la naturaleza creada por El, en la tierra, en el aire, en el agua, en las plantas, en los animales, en las personas, y cómo no en la sexualidad. La sexualidad es una manifestación del poder divino. Nuestra fe acepta a Dios como creador que, mediante su amor, da identidad al mundo creado. Como una parte de ella entra la sexualidad humana. Dios además entre la creación a los seres humanos, cuyos cuerpos se convierten en los principales instrumentos de perpetuación de esa amor creador de Dios.


Lo Santo habita en la sexualidad. La santidad de la sexualidad, nadie la discute, que en sí misma no tiene por qué ser santa, y que existen experiencias sexuales que cualquier cosa menos santas. De lo que se trata es de descubrir y poner de relieve la santidad que, por principio, le es inherente a la sexualidad, por el bien de la sexualidad y de la espiritualidad. La fuerza de la sexualidad sólo se hace efectiva en toda su plenitud cuando se deja de privar a la sexualidad de su santidad, cuando se le reconoce la santidad que en ella habita.


La sexualidad es uno de los más importantes dones divinos. Apreciar y entender la sexualidad como un gran regalo de Dios significa, por tanto, la necesidad de dar todos los pasos evolutivos que hay que dar para llegar a ser una persona sexuada madura en todos los aspectos, incluido naturalmente, el aspecto sexual. Esto significa tanto a la persona que quiere vivir una relación en pareja como a quien desea vivirla en una camino de vida célibe.


El cristiano sabe que la sexualidad también es obra y don de Dios; don que debe acoger con gratitud, que ha de honrar y respetar en el lugar que le ha sido asignado. En Occidente, a menudo hemos privado a la creación de la sexualidad que la habita. Con lo cual, la hemos despojado de algo que siempre, antes y ahora, le ha sido propio, como a todas las cosas que Dios ha creado, ya que la sexualidad es una más. Lo mismo puede decirse de los órganos genitales y sexuales. Los órganos genitales humanos están bañados, por lo Santo. Aunque muchos creyentes los han despojado de su santidad y dan, por consiguiente, la impresión de estar exánimes, pues le han extraído lo principal que portaba.








Algo parecido puede decirse del contacto o el encuentro sexual. Existe el contacto y el encuentro sexual habitados por la santidad y rodeados de un trato y una atmósfera santos e incluso respetuosos y tiernos. Y existe la experiencia sexual en que participamos en la obra creadora de Dios dando vida.





El hombre y en concreto el creyente, se dispone a aceptar la realidad sexual y las exigencias de la Pascua del Señor, a la que se incorpora por el bautismo. Porque todos los valores creados, en todos sus aspectos, nacen de Cristo creador y adquieren su pleno sentido en el Cristo re-creador, el Salvador.






2.3.2. Dios se hace hombre en cuerpo sexuado y no en otro se puede vivir la vida espiritual.




Por la encarnación el ser humano sexuado queda unido a Dios. En los evangelios tenemos la encarnación de Jesús como epítome de la sacralidad de la corporeidad. La revolución sexual nos ha enseñado a reconocer que la sexualidad no es un factor añadido, sino una característica esencial de nuestra personalidad. Somos seres sexuados y encarnados, lo que no debería constituir una sorpresa para los creyentes, puesto que creemos que el Hijo de Dios se hizo carne. Esta encarnación del hijo de Dios tiene que alcanzar aún la plenitud de su gloria.


Esta aportación es un paso enorme hacia delante en una civilización que hora puede reivindicar la bondad de lo sexual y de la relación sexual con los otros. Pero durante el pasado siglo se recorrió un largo camino para liberar la sexualidad no todo fue progreso, También se la trivialazo, y de muchos modos.


El cuerpo para el cristiano es el lugar donde puede vivir y experimentar su vida espiritual. No es meramente cuerpo, sino que es un cuerpo sexuado, sexual y la vida verdaderamente espiritual es una vida encarnada y sexuada. Por eso creo en el misterio de la encarnación, que Dios se hace carne, que entra en nuestra carne, en nuestro cuerpo sexuado, sexual y erótico. Lo cual significa que la vida espiritual que vivó es sexuada, que siempre que uno toca un cuerpo, en cierto modo está tocando la vida divina, que porta ese cuerpo sexuado y sexual. No hay vida divina y espiritual al margen de ese cuerpo sexuado, porque Dios decidió revestirse de él, haciéndose cuerpo sexuado. Termino recordando a las personas espirituales y piadosas. Que la plena aceptación del misterio de la encarnación y de la plena humanidad de Jesús incluyen la experiencia de la erección genital y de la atracción sexual en la vida del cristiano.


Conforme la fe está entroncada en la vida; conforme se mira en el Evangelio que es encarnación pura; conforme se parte de la realidad de cada uno y de cada situación, se vive una fe más encarnada. Cristo tomó carne, se encarnó, se hizo en todo igual menos en el pecado, porque no podía pecar. Sólo alguno sospechó o creyó que era hombre y Dios, los demás no vieron más que a un hombre de gran categoría, hasta un profeta, un elegido de Dios, pero hombre solamente hombre. Y así alo largo de la historia, es en la realidad de cada día, buena o mala, agradable o desagradable, donde se realiza el reino y la salvación.


La encarnación de Jesús nos recuerda que no somos ángeles y que no debemos tener morriña de no serlo sino todo lo contrario, gozar de una inmensa alegría. Dios ha querido ser hombre sexuado y sexual como nosotros. Que la castidad no es la virtud de los ángeles sino la virtud más humana de las que existen. Que los mismos ángeles nos envidian por ella. Que nos tienen envida por ser hombre sexuados.


Hoy en día los creyentes podemos caer en la negación de verle un hombre sexuado como los demás. Somos seres dotados de sexualidad, que nos empuja a salir al otro y hacer de nuestra vida unos seres relacionales y entregados a los demás, como lo hizo Jesús después de su encarnación. Que tenemos deseos de amar, de enamorarnos, de fusionarnos corporalmente con el otro, de huir de nuestra soledad individual... Que es a partir de ser seres sexuados donde empieza el camino de la santidad a la que estamos llamados.


La espiritualidad de hoy ha de tomar parte en los nuevos escenarios culturales: su propia revisión conlleva la elaboración de nuevas respuestas a los signos de los tiempos con verdadera actitud terapéutica. Continuando y actualizando la encarnación de Jesús, que da origen a una humanidad nueva.






2.3.3. Los hombres aman como las personas sexuadas que son.




La teología de hoy debe recalcar la conexión de la sexualidad con el amor. El amor da con la adecuada panorámica de la sexualidad. Los católicos tenemos que aprender a amar como seres sexuados, sexuales y erótico que somos. Si no lo hacemos tendremos, que decir al hombre de nuestra cultura muy poco o nada sobre Dios, que es amor.


Para los seguidores de Jesús una religión impregnada de amor que considera que la esencia de Dios es amor, la educación para ser y desarrollarte como persona, la educación en el amor y resaltar como prioritario el amor debe ser predominante. Todo el dinamismo de la sexualidad, desde el aspecto somático al fisiológico u religioso, está claramente orientada al dialogo de amor y a la autoestima de sí mismo. Pero uno y otro pueden realizarse a diversos niveles: no solamente a nivel de realizaciones sexuales-genitales, sino también a niveles de relaciones sexuales. Las primeras se caracterizan por la "totalidad" y, en consecuencia, presuponen y desarrollan la plena donación personal. Las segundas excluyen el aspecto propiamente genital de la sexualidad humana, las personas las viven en sus relaciones recíprocas y diarias bajo el signo del amor que no es de origen ni de naturaleza genital, sino que se entretejen de respeto, estima, ayuda mutua, amistad, diálogo y donación de sí mismo y nivel espiritual.


La sexualidad humana es un milagro del amor humano que expresa el amor divino. La santidad es amor en relación, y eso es la Trinidad. El Dios cristiano es un Dios en relación trinitaria o comunitaria. La sexualidad humana en la teología debe verse prioritariamente en su significado relacional, que no está necesaria o esencialmente vinculado a la función procreadora, y la calidad de la relación es criterio básico de la moral. Esta calidad de la relación está íntimamente ligada al amor.


Pero el amor no equivale a sexualidad. Pero la sexualidad cristiana es la manifestación y la confirmación de una relación amorosa ya existente. El mayor valor cristiano es el amor. Dios es amor. El verdadero don que el cristianismo tiene que ofrecer hoy es el vínculo de la sexualidad con el amor. Al hablar de esta conexión nuestra fe estará respondiendo a lo que falta en la revolución sexual moderna y a lo que la gente instintivamente quiere oír. Debemos superar nuestras resistencias a ello. El mundo intrínseco de la relación no ha sido analizado en detalle, por eso la teología cristiana, al pasar de ver la sexualidad primariamente en términos de procreación a verlo en términos de relación, no tiene una base autentica para una alternativa al sexo ocasional. La sexualidad hay que hallarle en el amor el significado principal.


El cristiano debe abrazar y regocijarse por la sexualidad. Pero debe perfeccionarla introduciendo una gran dosis de su propia y específica dimensión, que es el amor. Cuando el cristianismo habla de amor, habla delo que hace latir a todos los seres humanos. La conjunción de la sexualidad con el amor es la respuesta cristiano a la cultura de hoy.


En los Evangelios tenemos como debemos los hombres de vida espiritual tratar la sexualidad hoy. Un tratamiento d e la sexualidad en términos de amor, y la supremacía de los seres en comunidad de amor sexual como símbolo de la Trinidad. No carecemos de material en la revelación y podemos quedarnos con lo mejor de la tradición. Pero cuando la sexualidad se ve primordialmente como fuerza principal del amor que mantiene la relación, entonces nos encontramos justo en el corazón mismo de la vida y d e la Trinidad.


La Iglesia católica debe abrazar la sexualidad como positiva y evaluarla críticamente en términos de amor. Tal crítica debe hacerse con cuidado, y no por rechazo a la sexualidad. El mundo actual espera que el cristianismo rechace la sexualidad, pero no debemos caer en esa trampa. La sexualidad es buena y santa, pero todo lo hecho por nuestra cultura sexual no es necesariamente bueno. El cristianismo debe de actual como crítico ante la trivialización de la sexualidad, pero porque aporta los verdaderos valores para vivirla sana y positivamente.


La respuesta de la teología cristiana del pasado consistía en reprimir y suprimir la sexualidad; pero la genuina respuesta consiste en darle la bienvenida y acogerla hasta tal punto que sea posible distinguir entre amor y utilización del ser humano como objeto en la vivencia de la sexualidad. Debemos optar por la persona, esta no existe aparte de la persona, ya que lo que existe es una persona sexuada y esta alcanza su sentido más positivo cuando es expresión de amor y no de egoísmo.


La naturaleza perpetua del matrimonio está basada principalmente en la naturaleza de la relación amorosa de la pareja, en lugar de en las necesidades de los hijos. Los hijos no son el fin primario del matrimonio. El amor sexual autentico tiene su origen en el amor de Dios, y cuando se expresa en la entrega mutua, se incorpora al amor divino. Implícitamente, por tanto la expresión y la profundización de ese amor mediante la relación sexual se ve también incorporada al amor divino, aspecto que muchos autores cristianos a través delos siglos ha encontrado difícil de aceptar.


El punto de vista de las teologías fundamentalistas sobre la sexualidad no hacen justicia al criterio primario delas enseñanzas del nuevo testamente, es decir, que todo lo humano tiene el amor como base de su moralidad. No podemos olvidar que la sexualidad está íntimamente vinculada al amor, y la presencia del amor es un poderoso factor compensador de la ausencia de las relaciones sexuales.






2.3.4. Nuestro cuerpo sexuado es templo de Dios.




"¿No sabéis que sois templos de Dios y que El Espíritu de Dios habita en vosotros?" I Cor. 3,16. Nuestro cuerpo sexuado y sexual es un templo vivo de Dios. Es el templo donde Dios es adorado en el espíritu y verdad. Es el recipiente de nuestra santidad. No otra cosa es la santidad sexual. Que vivir y experimentar en esa unión de los cuerpos templos vivos de Dios. La unión sexual como la mejor imagen de la fusión de nuestro amor a Dios. La santidad sexual surge precisamente de la experiencia de un cuerpo sexuado, sexual y del gozo que produce el vivirla y sentirla así.

Para poder valorar, percibir y experimentar la dimensión espiritual de la experiencia sexual es importante una actitud positiva y sana hacia el cuerpo sexuado y sexual que somos y al placer que nos proporcionan como tales. Esto es aplicable al exterior y al interior del cuerpo. Vale para toda la persona. Dios habita en nuestro soma, término griego para referirse a cuerpo y alma. Por eso, si quiero ser una persona espiritual, es importante sentirse a gusto en mí mismo, templo del Espíritu y, por tanto, en plena intimidad con Dios. Necesito aprender a sentirme en casa, como una morada en la que Dios habita.


Para el creyente, toda la persona, unidad de espíritu y de cuerpo, es don y criatura de Dios. El respeto y la estima que ha de tener de él mismo, como hijo de dios, se extiende a toda la persona, comprendido el propio cuerpo que por el bautismo se ha convertido en templo viviente del Espíritu Santo.


Nuestros cuerpos son templos sexuados de Dios. Son los recipientes de nuestra santidad cristiana. Lugar donde vivimos, expresamos y sentimos nuestra verdadera espiritualidad encarnada. Esto marca para el creyente la gran que tiene el aceptar o rechazar la sexualidad en nuestra vida. La importancia de ser educado en una actitud negativa o positiva ante nuestra sexualidad.


La actitud negativa ante la sexualidad hace imposible aceptar que nuestros cuerpos sexuados son buenos, bellos, deseables y encantadores. Que son el lugar acto donde vivir nuestra espiritualidad. El sagrario de nuestra santidad cristiana. La actitud negativa nos impide, como una consecuencia, el atrevernos a considerar experiencias corporales sexuadas como hermosas y positivas. Nos impiden captar y sentir como positivas, la alegría y el deseo que brotan de la experiencia corporal sexuada, el roce del tacto físico, de la excitación.

Pero si nos educamos desde la más tierna infancia en una familia cristiana, que nos aporta una actitud sana y positiva ante nuestros cuerpos sexuados y sexuales. El vivir y sentir nuestra vida espiritual en ese cuerpo sexual, se nos convierte para nosotros en motivo de alegría, nos sentiremos agradecidos por el hecho de tener un cuerpo sexuado, podemos tomar conciencia de él, percibiéndolo y gozándolo en las experiencias físicas y de placer sexual. Entonces, cuando se suscita en nosotros el deseo sexual tocar y abrazar a la persona amada, no nos producirá en nuestros cuerpos el sentido de culpa, fealdad y de mala conciencia, sino de aceptación, gozo y alegría de ello y nos aportará una energía positiva a nuestra vida espiritual y de santidad para seguir caminando.


La fe cristiana vivida en unas actitudes sexuales positivas, nos aporta la gracia de comprender, lo qué significa aceptar la propia sexualidad y la santidad sexual. El vivirla serenamente en el ámbito de los valores evangélicos, de acuerdo con nuestra vocación. La santidad cristiana surge precisamente de esa experiencia de vivir y sentir el cuerpo sexuado, donde Dios se ha hecho carne. El misterio de la Encarnación es maravillo, profundo y de una trascendencia para nuestra vida espiritual de la que no podemos prescindir lo hombre religiosos.


Para poder valorar, percibir y experimentar la sexualidad como fuente de vida espiritual es importante adoptar una actitud positiva y sana tanto ante nuestro cuerpo sexuado, sexual y erótico como hacia la expresión y vivencia, como fuente de deseo y gozo sexual. Una espiritualidad que no tiene en cuenta al cuerpo sexuado, a que Dios se ha encarna en él, corre el peligro de quedar suspendida en el vacío, refugiarse en falsos espiritualismos y perfeccionismos. En una palabra en no ser espiritualidad evangélica y cristiana.






2.3.5. Jesús nos dio el sacramento de su cuerpo.




Estamos celebrando el año de la eucaristía. Yo en esto punto quiero hablar de la unión profunda entre Eucaristía y sexualidad. Si espiritualidad y sexualidad son consideradas dinamismos enfrentados entre sí, no nos será fácil aceptar la unión de este gran sacramento con el dinamismo sexual. Puede que pensar en la sexualidad al recordar la Cena del Señor suene a pecado más que a gracia. Sin embargo Jesús en ese momento nos dejó como memorial el cuerpo sexuado en el que se encanó y no otro.

Comprender la eucaristía como entre de un cuerpo sexuado y sexual es muy importante para vivir nuestra espiritualidad cristiana y para que el hombre de hoy entiendo correctamente el sexo. La Eucaristía nos entrega un cuerpo sexuado de Cristo como comida y bebida. Esto no será fácil de entender para nuestra cultura sexualizada y tal vez al leerlo le suene extraño por pensar en una Iglesia, que siempre que suele hablar de sexo es para reprocharnos o mal que lo vivimos y no para enseñarnos a vivirlo bien como fuente de espiritualidad.


A nuestra sociedad le es muy difícil entender esto. Ya que la Iglesia no nos tiene acostumbrados a hablar del cuerpo sexuado de Jesús, que se nos entrega como alimento y bebida de nuestra vida espiritual. Sin embargo es lo que necesita nuestra sociedad que tiende a ver nuestros cuerpos sexuados simplemente como objetos de placer que nos pertenecen y que podemos trivial izarlo y hacer con él lo que nos entre en ganas.


La entrega del cuerpo y la sangre de Jesús, nos recuerda, que el cuerpo sexuado no es un objeto o cosa que simplemente poseo, yo soy un cuerpo sexuado, es mi ser recibido de Dios y de mis padres. Por eso en la eucaristía cuando Jesús nos entrega su cuerpo, no está disponiendo de algo que tiene sino de algo que le pertenece, esta entregando a los que ama el don que El es.


También para nosotros la vivencia de la sexualidad es un camino y fuente de espiritualidad. Ya que esta llamada a ser una forma de vivir la entrega de nosotros mismos al otro, como la de Jesús en la eucaristía. La Eucaristía nos ayuda a comprender lo que significa para nosotros ser seres sexuales y la eucaristía nos ayuda a comprender la sexualidad como espiritualidad. Generalmente la Iglesia al hablar de la sexualidad la ve como una ética restrictiva de lo que no tenemos que hacer. La Cena del Señor nos enseña a verla como una vida espiritual, donde nuestros cuerpos se hacen entrega total para amar y fusionarse con el otro, como el creyente a través de su fe y amor lo hace con Dios. La eucaristía al cristiano nos enseña a vivir nuestra sexualidad como una relación de entrega amorosa mutua y no como una fuente de egoísmo.


Cada vez que comulgamos recordamos que Jesús nos entrega un cuerpo sexuado y sexual para el perdón de nuestros pecados y el alimento de nuestra vida espiritual sexuada. Nos recuerda que cada uno de nuestros cuerpos sexuados deben entregarse como el de Jesús por amor a nuestros hermanos en una vida hecha servicio como el nos pidió. Que Dios está en nosotros y con notros para ayudarnos en la entrega de nuestras vidas al bien de los otros. Que dejas entrar en tu amor a Jesús y con ello te de fuerza y coraje para vivir tu vida sexuada como El lo hizo mientras estuvo entre nosotros, como un hombre sexuado y sexual.






2.3.6. La sexualidad para el creyente es un camino para el encuentro del totalmente Otro.




La sexualidad no sólo puede vivirse dentro del amor en el sacramento del matrimonio. No cabe duda que este es un hermoso sacramento. Pero el cristiano tiene otras formas de vivirla como es la sexualidad en la vida célibe. Que es otra manera de amar plenamente ya fondo, por lo que la ausencia de relaciones genitales no nos condena al aislamiento ni a la soledad. La del cristiano que se deja seducir por el amor de Dios y a través de una vida espiritual centra en El y intentando lograr la plena fusión con el totalmente Otro.


La santidad de la sexualidad, nadie la discute, que en sí misma no tiene por qué ser santa, y que existen experiencias sexuales que cualquier cosa menos santas. De lo que se trata es de descubrir y poner de relieve la santidad que, por principio, le es inherente a la sexualidad, por el bien de la sexualidad y de la espiritualidad. La fuerza de la sexualidad sólo se hace efectiva en toda su plenitud cuando se deja de privar a la sexualidad de su santidad, cuando se le reconoce la santidad que en ella habita. Precisamente cuando se trata de experimentar lo Santo, lo totalmente Otro, la sexualidad desempeña un papel importante.


Precisamente cuando se trata de experimentar lo Santo, lo totalmente Otro, la sexualidad desempeña un papel importante. Dios elige el cuerpo y al amor sexuado de una mujer para entrar en el mundo. Aquí se insinúa y apunta cómo el enamoramiento y el amor humano sexuado son las puertas de entrada en el Tu con Mayúscula. La gran puerta hacia la trascendencia soñada por el místico cristiano. Que le lleva y le conduce poco a poco a la gran unidad y fusión con la que sueña en esta vida. La unidad divida se sirve de la humana para hacerse visible, comprensible, tocable. El verdadero amante cristiano no se busca a sí mismo, ni al otro con minúscula sino a Dios centro y origen de todo amor humano y divino.


En la vida espiritual podemos vivir y experimentar el encuentro con Dios. Las personas muy espirituales puede experimentar en sí mismo lo Divino, lo Santo. Al igual que los místicos, también nosotros podemos entrar en contacto con lo Santo que habita en nosotros si, en una u otra forma de entrega sexual, damos expresión al anhelo de vivir el amor sin límites, ya sea ofreciéndolo, ya recibiéndolo. Lo cual puede convertirse en un momento de máxima felicidad, de plenitud y adquiere realidad aquel instante en que lo divino y humano se experimentan como unidad.

En el encuentro sexual también podemos experimentar lo Santo. Si dejamos que la espiritualidad se haga presente en el encuentro sexual, éste puede convertirse en un momento sagrado, en un sacramento. Tenemos que liberarnos de toda mitología sexual de la sociedad contemporánea. Pero la desmitificación del sexo no debe llevarnos al extremo contrario de negar la importancia que tiene. Hoy la relación sexual es vista normalmente como la culminación de un encuentro y comunicación con el otro. Como la culminación de todas nuestras ansias de comunión y la única manera de escapar de la soledad y de no quedarnos encerrados dentro de nosotros mimos. Es un signo de la trascendencia al otro y a Dios. Uno de los grandes signos de que existimos para el otro, o incluso de que existimos sencillamente.


La sociedad nos pide hoy verla y analizarla con franqueza sin falsas mitificaciones o represiones. No cabe duda que es un hermoso sacramento de comunión con el otro, el don de sí mismo, por lo que no podemos Banalizarla o negarla. El cristiano sabe que la total donación de uno mismo al otro en el amor conyugal es no solamente la continuación del acto creador de Dios en el mundo, sino también, el gran sacramento, signo y instrumento de comunicación de gracia que salva, es decir, de comunión con la misma vida d e Dios.


Hay una gran diferencia entre adoptar ante nuestro cuerpo sexuado una actitud marcada por la negación, el rechazo y la desconfianza o, por el contrario, marcada por la aceptación sana y positiva. En el primer caso es muy difícil para nuestra fe cristiana aceptar que somos un sacramento de comunión con el otro. Si lo rechazamos, tampoco nos atrevemos a considerar en ellos experiencias sexuales hermosas y positivas y mucho menos placenteras. Tampoco nos atrevemos a considerar el tacto, la caricia, la ternura que brotan y recibimos a través de él del roce corporal, de nuestras experiencias de roce físico, etc.


Pero si mantenemos una actitud positiva ante el cuerpo humano sexuado, se convierte para nosotros en fuente de gozo, nos sentiremos agradecidos por el hecho de tener cuerpo, por poder tomar conciencia de él no solo en el dolor, sino también percibiéndolo y gozándolo en las experiencias de contacto físico y de placer. Adoptar una actitud positiva hacia lo corporal implica, decir sí al placer que brota del contacto físico porque es una virtud. Quienes no son capaces de ello la ciencia sexológicas los llama desexuados, frígidos, anorgásmicos.

La relación sexual estaba vinculada a la procreación. La relación sexual es sagrada porque suscita vida. Esta tradición que es buena y debe ser mantenida. Esta tendencia consistía en insistir en la biología de la vida. Esta visión de la sexualidad ha sido mucho lo que ha aportado al genero humana. Pero hoy es antipedagógica no por lo que aporta a la teología cristiana de la sexualidad sino por lo que deja de aportar.


El Vaticano II redefinió la sexualidad genital reproductora, describiéndola no tanto en referencia a los hijos cuando en referencia a su potencial de crear un vínculo vital y afectivo con otra persona. La sexualidad humana es una capacidad relacional, un dinamismo de apertura, comunión y creatividad. Desde esta perspectiva, la sexualidad está ligada a una amplia gama de experiencias humanas y cristianas y se convierte en un modo de ser y estar en el mundo.


Las capacidades relacionales de la sexualidad humana para un creyente no son meramente genitales, sino también cognitivas y afectivas. A través de la sexualidad humana entramos en el misterio del amor humano y cristiano.






2.3.9. El cristianismo es la más corporal de la religiones.




No tengo un cuerpo soy un cuerpo. El cuerpo es el lugar de la santo. Creemos que Dios creó nuestro cuerpo y dijo que era muy bueno. Dios se hizo corporal acampado en medio de nosotros. Se sometió al rito de la circuncisión como todos los demás niños de su tiempo.


El cuerpo no es meramente cuerpo, sino una expresión del espíritu del ser humano, la vida espiritual verdadera es una vida corporal, encarnada. Por eso creen la encarnación, que Dios se hace carne, que entra en nuestra carne, en nuestro cuerpo sexuado y sexual. Lo cual significa que, cuando uno toca un cuerpo sexuado y sexual, en cierto modo está tocando la vida divina. Eso es lo que me lleva a creer en la encarnación. No hay vida divina alguna al margen del cuerpo humano sexuado y sexual, porque Dios decidió revestirse de un cuerpo sexuado y sexual, hacerse cuerpo.


Como cristiano que soy, no puede hacer lo que veo que hacen algunos de mis hermanos en su vida espiritual, intentan recorrer el camino de la vida espiritual, con la pretensión de alejarse, evadirse de su cuerpo sexuado, por verlo como una prisión en vez del templo donde su Dios quiere morar. Considerar el cuerpo sexuado que somos como una prisión , como un adversario de nuestra vida espiritual, se abocan a encontrarse con un Dios no cristiano. Lo más propio de la fe cristiana es creer en un Dios, que se hace hombre en todo como nosotros.


El cuerpo sexuado y sexual para nuestra vida espiritual no es inferior al alma en lo que a calidad respecta. Y mucho menos un mal necesario que no hay más remedio que aceptar y aguantar. Es un craso error en la vida espiritual pensar que uno puede esforzarse espiritualmente a la vez que deja que el cuerpo se eche a perder en la lujuria. El cuerpo es el principal e insustituible instrumento que el ama convierte a la causa de vivir una vida espiritual cristiana. La vida espiritual cristiana autentica requiere un cuerpo con el que ser vivida. La fe cristiana para mi es la disposición de mi cuerpo a creer en un Dios encarnado, que toma mi condición humana en todo, es mi modo de andar, de mirar, de reír, de acoger...


Una teología espiritual cristiana que no tiene en cuenta el cuerpo sexuado y sexual que somos corre el peligro de quedar suspendida en el vacío de los perfeccionismos y espiritualismos. Corre el grave peligro, por buscar algo más hermoso, aun más maravilloso, más espiritual, de pasar por alto lo más hermoso y maravilloso creados por Dios, que no es otra cosa, que el cuerpo sexuado del hombre y la mujer, con todo cuanto estos contienen como el ser templos vivos de Dios, donde su propio Hijo no encarnarse, que además los hizo a su imagen y semejanza.


La vida espiritual de una persona se le nota en su cuerpo, en el porte, en los movimientos, en los ojos, si vive o no su relación con Dios. Se le nota en la acogida corporal de los demás, en las sensaciones afectivas que irradia a los otros, en la calidad de su presencia, en la actitud para con su cuerpo y del de los demás, en el cuidado que les dispensa, en el cuidado que tiene de este yen su forma de alimentarlo, así como en el trato que tiene con su sexualidad.






2.3.10. Nos prometió un cuerpo resucitado.




Cristo nos prometió la resurrección de nuestros cuerpos. No puedo tener una relación adulta y madura en mi vida espiritual si no aprendo a aceptar e incluso a gozar en todas estas verdades que aporta nuestra religión sobre mi cuerpo y el de los demás. Santo Domingo con su ejemplo nos enseñó a los dominicos a librarnos de la tragedia de una vida espiritual dualista, fundo la orden para liberar a la gente de la tragedia de una religión dualista, que condenaba como malo este cuerpo creado por Dios. Es central en nuestra tradición dominica desde sus comienzos, la estima de la corporeidad sexuada. El sacramento centro de nuestra fe es la Encarnación, Jesús nos invita a participar de su cuerpo y nuestra esperanza final es la resurrección de él. Sin esta realidad vana es nuestra fe.








2.3.11. En nuestros cuerpos está escrita la historia de nuestra vida espiritual.


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El desarrollo sexual tiene lugar en el contexto del desarrollo humano, del que también forman parte el desarrollo biológico, psíquico, social y espiritual. Aquí es donde se hace patente hasta qué punto la sexualidad y la espiritualidad tienen que ver una con la otra, hasta qué punto están unidas y entrelazadas.


La sexualidad del creyente es un dinamismo, un elemento fundamental de su vida evolutiva y de su desarrollo. La sexualidad desde su componente psicosexual es un dinamismo realizador. La sexualidad humana puede ser entendida como un elemento esencial y fundamental. De la corriente de vida que nos constituye como personas en nuestro largo recorrido de la vida. La sexualidad es como una energía o dinamismo de la persona evolutiva y no puede ser considerado al margen de ella. Representa una de las muchas energía, dimensiones o tendencias, uno de los muchos lados que hay en nuestro yo. La persona y la sexualidad es como un todo, comparable con un organismo lleno de vida que continuamente se halla en movimiento, en cambio, en desarrollo, en crecimiento y despliegue de todo su potencial.


Puesto que el desarrollo sexual y la sexualidad se hallan entrelazados con los demás aspectos de nuestro ser personal, quien no acepta su sexualidad, sino que la relega e incluso la reprime, tampoco acepta a sí mismo, sino que lo que hace es reprimirse y entorpecerse. Además de su desarrollo psíquico, emocional y social, también obstaculiza su espiritualidad. Ambas, sexualidad y espiritualidad, están integradas en la totalidad evolutiva de la persona.


Nuestra sexualidad, al igual que las demás dimensiones o elementos de nuestro desarrollo personal, son un regalo de Dios al creyente. Entenderla y apreciarla como un regalo de Dios significa, necesidad de cultivarla y desarrollarla hasta que alcance su plenitud. Pero sólo la apreciamos como tal cuando adoptamos ante ella una actitud positiva y sana. Al igual que con los restantes dones y dinamismos que poseemos, debemos dejar que el desarrollo y despliegue de la sexualidad madure y se desarrolle con los años como parte de nuestra persona y vida. Para que nuestra vida espiritual cristiana pueda desplegarse y fluir, hemos de dejar que nuestra sexualidad pueda desarrollarse y cumplir con todas las funciones que tiene para el creyente.


El crecimiento y maduración de nuestra fe cristiana y nuestra vida espiritual se ve apoyada o obstaculizada cuando, por las razones que sean, no aceptamos las positividad de la sexualidad, no la admitimos o no estamos en contacto con ella, o hacemos como si no existiera para nosotros, como si fuéramos seres asexuados o desexuados. Nuestra sexualidad está en nosotros, no podemos prescindir de lo que somos, aunque a veces hagamos como si no la tuviéramos, se queda en nosotros como en un negativo no revelado, en un potencial reprimido o negado, en un potencial pasivo ignorado. Nuestra sexualidad en este caso esta como adormecida, mareada, ignorada en nuestro inconsciente y no puede contribuir con su potencial positivo a una vida espiritual humana y plena.






2.3.12. El sacramento de la sanación permanente.




Los sacramentos y en concreto el de la conversión por ellos mismos no garantizan la calidad de la fe en la persona sexuada, porque los sacramentos no son fines sino medios, sin embargo la experiencia de los creyentes de los hombres espirituales de todos los ámbitos y latitudes, razas, épocas y edades, dicen que la vida sacramental es poderosa palanca que realiza lo que la teología espiritual dice. Sin vida sacramental no hay una vida espiritual vigorosa. La persona sexuada en el camino hacia la realización y maduración de la sexualidad, necesita curar las heridas, los errores del largo caminar.


El espíritu, la espiritualidad, aportan siempre juventud, dinamismo, impulso hacia el futuro y hacia las nuevas metas. Presentar el Evangelio como Buena noticia obliga a re-novarse para que siempre sea nueva y siempre sea la sexualidad buena.


La rutina sexual preconiza muerte de la persona sexuada. El Espíritu muere siempre antes que el cuerpo sexuado. No se trata de re-novar las ideas, el mensaje oral o escrito. Tampoco re-novar los métodos y adaptarlos a las edades, ambiente y situación. Es, sobre todo, re-novarse, reconvertirse. Por parte de Dios la liberación-salvación esta asegurada. Por parte del creyente sexuado, la conversión en el campo sexual debe ser permanente, ya que no puede ser definitiva.






2.4. Considerar la espiritualidad y la sexualidad como adversarios es perpetuar la idea dualista de alma y cuerpo.




Cuando hablamos de nuestros cuerpos como fuente de espiritualidad no estamos muy convencido de ello. Los creyentes nos deberíamos sentir en nuestros cuerpos sexuados como en nuestra propia casa. Pero cuando pensamos o hablamos de espiritualidad no suele ser así. Por eso cuando la Iglesia habla de sexo, pensamos que debe hacerlo para condenarlo por ser uno de los enemigos más grandes de las personas que desean crecer y desarrollar su vida espiritual. Por ello al hablar de la sexualidad esta perdiendo toda su autoridad y los jóvenes la abandonan por no ver en ella una guía en su evolución hacia una sexualidad adulta y madura.








Cuerpo y sexualidad son dos palabras que se refieren a lo mismo; y eso mismo somos nosotros. No es que yo tengo un cuerpo, sino que soy un cuerpo: un cuerpo sexuado, vivo, dinámico, capaz de percibir el mundo y de disfrutarlo, de pensarlo y de reflexionarlo. La obra máxima de la creación que me permite comunicarme con Dios y otros personas sexuadas. Y eso es la sexualidad. Todo lo expreso con mi cuerpo sexuado, porque todo mi cuerpo es encuentro, diálogo, relación, unión, expresión, tacto, amor, ternura, caricia... No separemos lo que está unido: esta es la voz de Dios, de la evolución del mundo que encuentra su culminación en un cuerpo unido para expresarse y para sentir.





No son sinónimas cuerpo, sexualidad y genitalidad reproductora. En realidad toda nuestra persona, todo nuestro cuerpo y los cinco sentidos se unen y actúan como una unidad, son un único e integrado instrumento para unirnos con la realidad, como parte de ella nuestra sexualidad, como fuente y camino de espiritualidad, que nos conduce a Dios gozando de todo ello.


Lo que acabo de decir no es un peligro hipotético, un peligro que pudo darse en los estilos de espiritualidad cristiana. La historia de la espiritualidad cristiana está repleta de ejemplos que refuerzan lo negativo que acabo de indicar. La espiritualidad cristiana en general esta muy marcada por haber sido entendida como enemiga de lo corporal sexuado, de lo sensible y más enemiga que amiga de lo sensual, sexual y erótico. Estas espiritualidades estaban mandando un mensaje insoportable, en cuanto se les venía a decir: si quieres ser una persona muy espiritual, tienes que reprimir, inhibir, negar, matar lo sensual y sexual. Personas que se tenían por muy espirituales llegaban a decir: si quieres ver las cosas de Dios, es necesario que depongamos la animalidad y asumamos la espiritualidad. Con lo cual los espirituales han hecho un flaco servicio a la espiritualidad verdadera. Nos han presentado una espiritualidad desexuada, asexual y por tanto poco atractiva, por no decir repelente.








3. LA SALUD SEXUAL COMO TAREA ESPIRITUL.





3.1. Exigida por amplios sectores de la población actual.





La moral de la Iglesia católica presenta una preocupación obsesiva ante la sexualidad humana. Pero de hecho, no deja de ser una gran sorpresa frente a la excesiva preocupación de la Iglesia de hoy cuando, al leer el Evangelio, constatamos el lugar secundario que, por lo menos a primera vista, parece ocupar la problemática sexual. Desde luego, ni la sacralidad ni el tabú le acompañan. Pero además, nos vemos obligados a reconocer que son tan sumamente escasos los datos que aparecen en relación al tema, que difícilmente puede el creyente construir, a partir de ellos, un esquema elaborado y preciso para conducirse en tan resbaladizo terreno.





Lo mismo podemos decir referente a la sexualidad como camino y fuente de vida espiritual. En los evangelios no encontramos ninguna referencia explicita sobre comportamientos tales como la masturbación, la homosexualidad o las relaciones prematrimoniales que con tanta frecuencia preocupan y atormentan la conciencia de muchos creyentes en su vida espiritual. El centro de interés va por otro camino; al parecer, no es la sexualidad lo que puede primariamente entorpecer el camino espiritual del hombre hacia el encuentro y experiencia de dios, sino más bien la injusticia, el dinero, el legalismo, la hipocresía farisaica e, incluso, en determinados casos, las mismas practicas religiosas o espirituales.

La medicina actual esta poniendo de moda el recambio de unos miembros por otros. Los trasplantes están cada vez más de actualidad y se están convirtiendo en una actividad medica rutinaria dentro de nuestros hospitales. Sin embargo cada vez crece el numero de personas en el campo de la salud sexual, que piensan o intuyen que una sexualidad sana es mucho más que tomarse unos medicamentos o sustituir unas piezas desgastadas por otras. Porque la salud supone una manera de ser, pensar, sentir y actuar


como personas sexuadas, que somos.


La salud sexual de la persona sexuada exige un estilo de vida sana y para el creyente tiene además una dimensión religiosa y espiritual. Que exige una integración y relación correcta de la persona sexuada consigo misma, con los demás, con la creación y su autor, Dios.






3.2. La espiritualidad tiene como objeto al hombre en su totalidad.




La gran pregunta de todo creyente: ¿Cómo puedo trasformar la sexualidad en fuerza amorosa al servicio de la vida espiritual cristiana?. La respuesta no es reprimirla, negarla, ni someterla al control o dominarla a fuerza de voluntarismo y disciplina espiritual, sino comprenderla, aceptarla, amarla, sentirla en la totalidad de la persona sexuada descubriendo sus finalidades o significados. Orientándola hacia el logro de ellos integrada en esa vida espiritual que me propongo vivir. Buscando en ella la mayor vitalidad, que no esta solo en la dirección o amor de otra persona sino que tiene como último objetivo el de llevarnos a Dios.


Esto es lo que nos enseña la vida de los místicos con su ejemplo. Nunca negaron, ni prescindieron de la energía sexual, ni de su vitalidad, sino que la integraron en sus ansias espirituales de encuentro amorosa y unión con Dios. La pulsión, el deseo sexual, su fuerza casi indomable, el deseo sexual supieron dirigirlo como expresión y símbolo de la profunda aspiración del alma a encontrarse y unirse con Dios. Lo que hicieron fue aceptar la pulsión, el impulso, su apetencia sexual oculta, orientándola y dirigiéndola a su finalidad de conjunto de encuentro y unión con Dios.








Para transformar la energía sexual y de su intensa pulsión en camino y fuente de vida espiritual, que nos lleve al encuentro y fusión con Dios, no existen recetas fáciles y baratas. El recorrido de este camino para todos los creyentes pasa por un aprendizaje largo y no exento de grandes crisis, por la aceptación de los errores y heridas abiertas en ese camino. Si el cristiano deja a Dios tocarle esas heridas y le presenta un corazón roto, quedará trasformada la sexualidad en corriente fecundante de su vida espiritual con una fertilidad difundida y perceptible en todo él.





Limitarse en la vida espiritual a reprimir las heridas y aprendizajes sexuales negativos, equivale a dejarlos agazapados dentro de su persona sexuada. Mucho mejor es mirarlo de frente con audacia y vivirlos, siempre eso sí, en contemplación interior y respeto a los otros.


La espiritualidad no se limita nunca al alma o al área de lo psicológico o espiritual. Su objetivo principal es la totalidad de la persona sexuada y dentro de ella como algo que forma parte de ella la vida sexual. La vida espiritual sana necesita un estilo de vida que integre en unidad y armonía a todos los elementos de la totalidad del ser sexuado. Únicamente fundamentada en la integridad puede desarrollar e influir en el que la vive como virtud curativa de la persona.


Un estilo de vida espiritual sano permite que la vida espiritual se desarrolle con virtud curativa sobre el cuerpo y el alma. Por el contrario una vida espiritual que olvida, reprime o niega alguno de sus dinamismo como es la sexualidad pone en tensión nuestras fuerzas y con mucha facilidad nos pone enfermos por la simple razón de que no podemos prescindir o reprimir por mucho tiempo sin dañarnos el dinamismo sexual. Es totalmente imposible durante mucho tiempo soportar esa desintegración interior de lo que somos.


La vida espiritual tiene como uno de sus grandes objetivos integrarla dentro de la totalidad de ella. El que excluye la sexualidad del ámbito espiritual se condena a vivir asexuado o desexuado. Una vida espiritual desintegrada de la sexualidad se trasforma en agresividad, condenación de este don, infecunda y seca la afectividad de las personas. El que pretende sublimarla con bonitos deseos piadosos queda reprimido, divido en desacuerdo con una vida espiritual que exige la totalidad y por tanto en desacuerdo con su interior. La sexualidad exige ser integrada a través de diferentes caminos en nuestra vida espiritual. Pero nunca reprimirla o negarla como algo negativo de lo espiritual. Lo reprimido a la larga termina surgiendo de golpe en esa vida espiritual como un volcán en erupción arrasándolo todo.


El creyente no tiene motivos para temer a la energía sexual. Esta energía es siempre una fuerza vital de autoestima hacia uno mismo, a su vez es puerta de encuentro, relación, comunicación con el otro y debe de ser dirigida como fuente de deseo amoroso a Dios. Debe transformarla en fuente de vida y vitalidad para su vida espiritual. El creyente nunca debe caer en la tentación de reprimir la sexualidad y el Eros. Lo que debe hacer es preguntarse en qué dirección fluye su energía sexual, a quién ama y cómo se manifiesta exteriormente esta inclinación amorosa.








El integración de la sexualidad en el camino espiritual es un objetivo imprescindible de una sexualidad sana. Lo que nunca debemos hacer es separarla, reprimirla o negarla sino de una transformación de la sexualidad en fuente de espiritualidad. Ella sanamente vivida es un fertilizante de la vida espiritual. Cuando la energía sexual llega a conectar con Dios automáticamente se hace más intensa la vida espiritual.





La medicina y salud integral no se entienden ni pueden explicarse correctamente limitándose a curar enfermedades sin prestar atención al mismo tiempo a la totalidad, a llevar una vida sana y dentro de ella entra la vida espiritual y sexual. El interés por este tema esta muy extendido y nos empuja y esta ayudando a prestar una mayor atención de las personas creyentes a reflexionar sobre las interdependencias y unión entre vida espiritual y vida sexual sana o enferma. Nos está haciéndonos más sensibles a las mutuas relaciones o enemistades entre ambos dinamismos, sin olvidar el acompañamiento espiritual, entre enfermedad sexual y estilo de vida espiritual, salud sexual y relaciones con Dios.


El evangelio es muy claro en ofrecernos a un Jesús medico de las almas y de los cuerpos. Nos dicen los evangelios que de Él salía una virtud que curaba a todos. La Iglesia ha descuidado totalmente la salud integral de la persona. Dejándola al cuidado y competencia de unos médicos de los cuerpos muy alejados de un concepto de salud y de una medicina integral. Las palabras tan usadas para definir a los sacerdotes como "médicos de las almas" nos expresan muy bien la desintegración por parte de la Iglesia del concepto de salud integral de la persona como totalidad unitaria. Los sacerdotes son los médicos de las almas por una parte y los médicos de los cuerpos por otras como si no hubiera entre ellos ningún nexo de unión.


La iglesia ha descuidado en exceso la salud corporal dejándola al cuidado y competencia de los médicos. Los médicos han descuidado la salud de las almas dejándolas al cuidado y competencia de los sacerdotes. Ambos se dedicaron a curar enfermedades del cuerpo y del espíritu sin prestar al mismo tiempo a las indicaciones de llevar una vida sana en su totalidad, unidad, integridad y armonía de todos sus elementos.

El pasado de la vida espiritual ha olvida el arte de llevar una vida sana para no enfermar en ningún campo de la persona. La Iglesia se ha preocupado casi exclusivamente de la salud del alma en lugar de atender conjuntamente, como una unidad, a la salud del alma y del cuerpo. Como parte de ello olvido a la sexualidad sana dentro de esa totalidad y de la integración y vivencia dentro de la vida espiritual. El considerar a la salud del alma como asunto exclusivo de lo espiritual. De ahí se ha derivado el olvido y tal vez la negación y represión de una vida sexual sana en la totalidad unitaria de la persona. Que ha llevado como consecuencia de muchas personas piadosas el no curar ni el espíritu ni el cuerpo. Ya que la salud integral presupone una vida sana en todos sus elementos y uno de ellos era el sexual.








Al igual que la medicina de los cuerpos se limitó a curar las enfermedades sin tener en cuenta el tipo de vida corporal de ese individuo. Lo mismo han hecho los médicos de las almas, intentar curar las enfermedades del espíritu sin prestar atención a la sexualidad y a las indicaciones de llevar una vida sana. El arte de esta vida espiritual sana incluye a todos los dinamismos de la persona, a todos los elementos naturales corporales que necesita para no morir y por su puesto a todo lo que necesita también el alma.





Hoy la salud integral esta en manos de los médicos y de los psicólogos, que ha su vez entre ellos se ha puesto de moda olvidar o negar como parte de la persona unitaria la vida espiritual. Olvidando todos que la vida de fe, la vida espiritual del creyente tiene una dimensión terapéutica frente a las enfermedades del hombre. Los creyentes sólo recuerdan este elemento, cuando los desahucian médicos y psicólogos, entonces se acuerdan acudir a los santos milagreros, olvidando la capacidad sanativa de una fe vivida como forma o fuente de vida espiritual sana. Jesús siempre curaba todos losa enfermos que con fe acudía a él y, siempre remitía al poder curativo de la fe.


En este artículo nos ocupamos menos de la virtud curativa de la fe como camino de vida espiritual, para centrarnos en el arte cristiano de enseñar a vivir una vida espiritual donde integrar la sexualidad y aprender a vivirla y desarrollar de una manera sana. Se trata de conocer los impulsos de la sexualidad y de interpretar seriamente el lenguaje sus reacciones o trastornos, y también de prestar una especial atención al cuerpo sexuado, sexual y erótico como expresión exterior del alma. Los componentes de la vida espiritual no se reducen a un alma desexuada. Ya que si recordamos a Jesús encarnado no se puede vivir sin el cuerpo y dentro de él, la sexualidad que informa muchas veces sobre la verdadera situación de nuestra vida espiritual con más sinceridad que el alma misma.






3.3. Tipos o estilos de espiritualidad.




El hecho incuestionable es que las ideas y modelos de comportamiento sexual han sufrido una profundísima transformación en la sociedad contemporánea y que, a pesar de ciertas nostalgias de neoconservadurismo emergentes en la sociedad, parece que hoy por hoy no es presumible una vuelta a los modelos sexuales vigentes en el pasado. Estos cambios no pueden considerarse sin más expresiones de un laxismo entre los creyentes como dicen los piadosos y religiosos. Todos los sacerdotes somos conscientes y sabemos que, en ocasiones, muchos cristianos llegan a la adopción de comportamientos y modelos sexuales no aceptados por la moral tradicional a través de grandes sufrimientos interiores, de una gran honestidad y limpieza de planteamientos espirituales.


La palabra espiritualidad entraña, al mismo tiempo, algo positivo y algo negativo. La espiritualidad es positiva y excelente en cuanto que las personas sexuadas somos espíritu y materia. Y la espiritualidad viene a recordarnos, de una manera o de otra, que el espíritu es importante. Y que, por tanto, es necesario cultivar el espíritu. Y ser personas sexuadas de mucho espíritu. Cosas todas que son muy positivas y excelentes.


Pero la espiritualidad es también negativa y detestable porque lleva consigo el peligro de dar a entender que el ser humano está compuesto de dos mitades yuxtapuestas la una a la otra, el espíritu y la materia, cuerpo y alma. Pero de tal manera que lo importante en la vida espiritual es que el espíritu se sobreponga a lo corporal y material, domine a la materia y al cuerpo y , si es necesario, que la someta, la mortifique y, en la medida de lo posible, la anule.


Ahora bien, si esto ocurre efectivamente, entonces la espiritualidad deja de ser una ayuda para la persona sexuada, sexual y erótica, que es lo que somos y nos define como seres humanos. Y se convierte en una fuerza destructiva para cualquier persona sexuada normal. Porque, en ese caso, la vida espiritual viene a ser una fuerza destructiva. Puesto que se trata de la fuerza que tiende a destruir el equilibrio interior y esencial del ser humano, algo además tan necesario en la vida como es el cuerpo sexuado, la materia; algo que Dios mismo ha querido que sea parte esencial de nosotros mismos y se encana en ella.


Lo que acabo de decir no es un peligro hipotético, un peligro que pudo darse en los estilos de espiritualidad cristiano. La historia de la espiritualidad cristiana en general esta muy marcada por haber sido entendida como enemiga de lo corporal sexuado, de lo sensible y más enemiga que amiga de lo sensual, sexual y erótico. Estas espiritualidades estaban mandando un mensaje sin soportable, en cuanto se les venía a decir: si quieres ser una persona muy espiritual, tienes que reprimir, inhibir, negar, matar lo sexual y sexual. Personas que se tenían por muy espirituales llegaban a decir: si quieres vivir las cosas de Dios, es necesario que depongamos la animalidad y asumamos la espiritualidad. Con lo cual los espirituales han hecho un flaco servicio a la espiritualidad verdadera. Nos han presentado una espiritualidad desexuada, asexual y por tanto poco atractiva, por no decir repelente.


Existen en la actualidad innumerables formas o estilos de espiritualidad tanto dentro como fuera de la Iglesia católica. Pero no en todas ellas se puede integrar y vivir como camino de vida espiritual una sexualidad sana, dinámica y creativa. Muchas veces no basta fijarse en la materialidad de las palabras para saber o deducir si una determinada forma de religiosidad o espiritualidad es garantía de integración dentro de ella de la vida sexual o no.


Pero es precisamente dentro de la oferta plural de estilos o espiritualidades de la Iglesia católica donde voy a tratar de ver o buscar si en alguno de ellos es posible integrar y vivir la sexualidad como fuente o camino de espiritualidad sana.


La sexualidad es una manera de pensar, de sentir, de ser, de vivir, de irme haciéndome persona. La sexualidad y la personalidad es algo que no tenemos al nacer desarrollado, ni profundizado, ni maduro, ni desarrollado y tal vez esto no se logre hasta el final de la vida. Mi sexualidad es mi manera de pensar, de ser y también mi manera de poder ser feliz. No seremos del todo hombre y mujeres si no desarrollamos, maduramos nuestra afectividad y sexualidad de nuestro ser.






Algunos de los estilos o tipos de vida espiritualidad donde vivir, integrar y desarrollar nuestra sexualidad:








3.3.1. La espiritualidad moralizadora.


Se centra en la moral, las actitudes y los hechos. En las normas cumplidas que reconcilien con la propia conciencia, con Dios y con la Iglesia. Los hechos son los que valen, aseguraran para justificar su moral que puede llegar al voluntarismo, al perfeccionismo.




Las actitudes morales sexuales, que son signo de una espiritualidad autentica, se desvirtúan cuando son expresión de miedo, de autocomplacencia, de confundir los hechos sexuales con la vida sexual. Cuando se absolutizan las normas sexuales o la institución, se da la espalda a Dios, único absoluto, y a las personas. Se camina en dirección contraria a Dios y a la persona sexuada aunque se multipliquen absoluciones, eucaristías o indulgencias. Sólo Dios es absoluto, y las personas a las que Dios se ha empeñado en absolutizar. Si Dios pone a la persona sexuada como centro, nadie puede descentrarla, relativizarla, aparcarla. En nuestra Iglesia y en el campo de la espiritualidad, con frecuencia parece percibirse un eco tras determinados discursos de la teología espiritual sobre la sexualidad, que en el fondo vienen a decir: a Jesús y a Dios no les gusta que el hombre viva la sexualidad y menos todavía que goce y sea feliz en ella. Ya hemos dicho que tal tipo de discursos implican toda una imagen previa en nuestra vida espiritual de esos creyentes Dios aparece como el enemigo numero uno dela sexualidad, el placer sexual, o por lo menos como especialmente celoso de todo ello. No es el Dios amor y padre de que nos habla Jesús. Es el Dios de la ley, de la norma u del castigo que nos ha creado el moralismo dentro de las filas de la Iglesia.











Hay una mentalidad tradicional y clásica muy extendida entre los católicos de entender la sexualidad sobre todo como una cuestión moral. La pregunta de estas personas, nunca va dirigida a como vivir de manera positiva y sana la sexualidad, lo que buscan o en sus preguntas desean es saber lo que les permite la moral católica en materia de sexo. Estos viven en el convencimiento casi implícito de que el cuerpo, el placer genital, son malos, impuros, pecados, enemigos de Dios.





Lo que nos sucede es que nuestro concepto de sexualidad nos traiciona cuando lo consideramos bajo una perspectiva biologicista y reducida, por tanto, a la dimensión de cuerpo y sus posibles contactos. En este aspecto, es ciertamente muy poco lo que nos dicen los evangelios. No son los comportamientos sexuales específicos los que preocupan en el mensaje espiritual de Jesús, como no son las cuestiones de funcionamiento fisiológico las que centran este estudio espiritual de la sexualidad.


Aunque el mensaje de Jesús no nos ofrece un código de ética sexual. Las bases de la sexualidad humana han quedado profundamente afectadas por la revolución espiritual del evangelio de Jesús. No son los comportamientos sexuales concretos los que preocupan al evangelio, sino más bien las estructuras básicas en las que la sexualidad se desarrolla y en las que se producen sus mayores alineaciones espirituales y de todo tipo.


Nunca la moral y los principios éticos fueron tan necesarios y tan decisivos como ahora. Cuando estamos viviendo una sociedad que la dirigen los intereses del dinero y el consumismo del sexo. Nadie discute eso. Los dirigentes de la Iglesias si de algo se han ocupado y preocupado en el pasado y presente es en de un obsesivo moralismo espiritualista. La teología, los moralistas, los sacerdotes, confesores, directores de espirituales y la mayoría de los cristianos ha sido en precisar el bien y el mal; lo que está bien y lo que esta mal dentro del campo sexual con una actitud un tanto obsesiva; como si fueran los pecados más graves de la sociedad y del hombre en su vida espiritual.


Esta preocupación moral de los cristianos que quieren vivir en serio y de verdad una vida espiritual ha degenerado muchas veces hasta caer en un moralismo sexual, es decir, la obsesión de precisar, hasta el último detalle, lo que esta bien y lo que está mal, lo que es pecado y lo que no es pecado en la vida sexual.

Al hablar de bien y mal, de lo que es pecado o no lo es pecado en el campo sexual, inevitablemente todos estamos condicionados por el modelo cultural en el que hemos nacido y en el que la viven, por la educación que han recibido, y por los intereses humanos de los que ningún mortal se puede desprender completamente. Todos los creyentes reflexivos sabemos que las relaciones entre moral cristiana y las ciencias sexológicas no ha sido ni son buenas. El hecho es que la moral que predica la Iglesia, ha ido casi siempre a remolque de los avances científicos y del progreso de las instituciones y los valores que caracterizan a la modernidad. De ahí que, con demasiada frecuencia, la Iglesia ha llegado tarde y mal a dar con la solución de los problemas ético sexuales que, la sexología y otros saberes han planteado a la vida espiritual.


El hombre de hoy no pone en duda que un comportamiento moral correcto es la cosa más laudable. Pero, cuando no hablamos de moral, sino de un moralismo espiritualista, nos estamos refiriendo a una cosa desagradable, para algunos incluso odiosa. Porque hablar de una espiritualidad moralista, es tanto como hablar de una adhesión y una actitud espiritual que, a todas horas y a cuento de cualquier cosa, está sacando a relucir lo que está bien o esta mal, los bueno o lo malo, en la conducta sexual de cualquier vida espiritual.


El que anda constantemente en la vida espiritual, dale que te pego, con el moralismo espiritual, se hace insoportable, obsesivo. Porque el que hace eso, por lo pronto, se constituye en juez duro y condenativo delos demás. Y, con demasiada frecuencia, resulta ser un juez que sospecha, condena, rechaza, pronuncia sentencia y denuncia o simplemente le da a la lengua más de lo que hace falta. Su actitud sexual con ellos y los demás, lo proyectan sobre el concepto que tienen de Dios y de la vida espiritual. No se dan cuenta de lo que hacen, sino que además lo hacen con el convencimiento de que eso es lo que hay que hacer en la vida espiritual. Haciendo sufrir mucho a todos los que tienen la mala suerte de vivir con ellos.


Es evidente que no existe vida espiritual sin moral. Pero la moral es una consecuencia de la vida en el Espíritu y no a la inversa. Parte del ideal de perfección moral y está constantemente creando escrúpulos de conciencia. Equiparan la fe con la moral, el dogma con la moral. Esta espiritualidad tiene como objetivo principal evitar las faltas y pecados. Centra la atención espiritual en los pecados para evitarlos, especialmente los pecados sexuales y no en como vivir mejor la sexualidad integrada en su espiritualidad.


En todo se veía culpabilidad sexual, y se consumieron todas las energía en un angustioso esfuerzo por evitar las faltas morales. Todo se contemplaba con estrechez de miras y angustias de conciencia, y aún hoy estamos sufriendo las tristes y funestas, consecuencias. Cuanta más importancia se dé a la moralización tanto menor espacio queda para la vitalidad. Consideran como principal ocupación la de cantar las excelencias de la moral sexual y no en educar en una sexualidad sana y positiva.


Los apóstoles de la moral suelen sentirse al mismo tiempo profetas enviados por Dios con la misión de gritar contra la inmoralidad de su época y de contener la marea de corrupción. Pero sus apasionados sermones sobre la depravación de la humanidad no sirven casi más que para poner en evidencia desde donde viven y miran ellos la realidad espiritual de sus vidas y desintegraciones sexuales. Carecen de experiencia del mensaje liberador y sanador de Jesús en los pecados sexuales.


Toda autoridad religiosa o espiritual que pretenda un dominio eficaz sobre los otros encontrará en la prohibición de la sexualidad un punto esencial de apoyo. Este es el mayor peligro de la espiritualidad moralista, con demasiada frecuencia caen los poderes religiosos y los directores espirituales, en usar su poder religioso y espiritual para encontrar en la prohibición, negación y represión de la sexualidad un punto esencia de apoyo para esclavizar a los otros y ponerlos a su servicio. El peligro o la tentación puede ser la de mantener un dominio secreto sobre la masa de creyentes a través del control de esa zona intima de la personalidad.









La estrecha asociación entre sexualidad y sentimiento de culpabilidad podría pretender también mantener a los creyentes en una posición de sumisión y de debilitamiento de su propio yo sexual. La culpa pone a las personas de rodillas, pero tenemos que interrogarnos una vez más sobre quien queda así situadas, si ante el Dios de Jesús de Nazaret o ante el propio poder sacralizado y sus representantes. Es la intuición que siempre han tenido también todos los poderes públicos constituidos. Dominar el espacio más intimo del sujeto supone dominar a la persona en su practica totalidad. Ello supone coartar la fuente de sus necesidades más básicas, deseos y de su poder de expresión asó como impedir cualquier tipo de autoestima, autoafirmación frente a toda norma y poder.




3.3.2. La espiritualidad neurótica.




Hoy las personas necesitan además una espiritualidad terapéutica. Muchos médicos lo saben muy bien. Los medicamentos y aparatos técnicos no bastan por sí solos para curar al hombre en sus raíces profundas y por ello no se puede excluir el poder curativo de la dimensión espiritual. Para curar al individuo en su totalidad se necesita además una espiritualidad que contemple los anhelos y tendencias religiosas, que sea capaz de sacar al sujeto del circulo de sí mismo, para permitirle superarse y crecer en unión con Dios. Pero este objetivo no lo logra cualquier clase de espiritualidad. Existen formas defectuosas de espiritualidad que predisponen a la neurosis y una de ellas es la neurótica.


La espiritualidad narcisista y neurótica es expresión del ensimismamiento complaciente por lo que se es, por lo que se dice, por lo que se hace. El narcisismo espiritual es una rama del narcisismo psicológico, que tiene también una vertiente religiosa, grupos con conciencia mesiánica, de ser elegidos, preferidos y que todo lo hacen bien.








Víctor Frankl diagnostica la enfermedad de nuestro tiempo como una gran neurosis del espíritu."El típico paciente de hoy padece el profundo vacío del absurdo en la profunda sensación de que su vida carece de sentido". La vida espiritual le aporta al creyente cristiano la profunda firmeza de que Dios esta en él y que está presente en medio de nosotros y le da un sentido profundo a su vida sexual integrada en la totalidad e integrada en la unidad de la persona. De que está en nosotros y nos mira con ojos benévolos, compasivos y misericordiosos. Sólo en este contacto permanente de Dios se puede vivir con salud en nuestra totalidad y como parte de ella nuestra sexualidad integrada en la espiritualidad.





Pero el neurótico confunde el ideal de perfección espiritual con la ausencia de faltas. El neurótico religioso no ama un ideal fuera de sí y por encima del propio yo, que lleva a la integración de la personalidad, mantiene despierta la conciencia, el sentimiento de su debilidad e imperfección, y actúa al mismo tiempo como estimulante. l neurótico lo que ama es únicamente el ideal del propio yo idealizado engañándose a sí mismo al pensar que ama el verdadero ideal espiritual. En este engaño no es capaz de conseguir la paz y el equilibrio. Su espiritualidad es una espiritualidad de angustia y en ella no alcanza el amor que excluye todo temor. Por eso se hace duro e intransigente con los demás a los que desea imponerles el propio ideal sexual espiritual y sexual sin estar el mismo en condiciones de poder vivirlo.


La espiritualidad neurótica prescinde de lo negativo y se agarra exclusivamente a sus ideales, imposibles de conseguir. El hombre neurótico intenta compensar su complejo de inferioridad y agrandar su imagen identificándose con un ideal elevado. Pero lo negativo, las sobras, no se dejan marginar impunemente y se desquitan. Son personas incapaces de amarse. Les resulta más fácil amar al desconocido, que al que tratan todos los días. Su tragedia consiste en no poder amarse por pensar que solamente un ser perfecto es digno de ser amado.


La espiritualidad y sexualidad del neurótico se hace presente constantemente mediante una crítica despiadada contra todos los demás, que a sus ojos, no viven el ideal y las normas sexual, mediante un gesto pedantemente moralizador. Se canonizan, condenando a los que no la viven y no hacen lo que ellos viven. Necesitan un chivo expiatorio sobre el que cargar los propios defectos y sus faltas sexuales, olvidándose corregir sus propios defectos, que con tanta dureza condenan en los demás.


Las faltas o errores de su sexualidad negada y reprimida se hacen notar en continuos pénduleos al que someten al sujeto haciéndole oscilar entre estados de exaltación y depresión y neurosis. En las horas altas se sienten fascinados ante las maravillas de su amor a Dios y su vida sexual. Pero como nadie es capaz de mantenerse en esa forma para siempre, sucede a continuación el estado contrario. Entonces se tienen por un ser espiritual y sexualmente despreciable, malo y endemoniado, como si fuera el único culpable de todo lo que le pasa, como si todo se debiera a sus negligencias espirituales y sexuales. Su tragedia espiritual consiste en no poder amarse por pensar que solamente un ser perfecto es digno de ser amado.


La sexualidad abarca como hemos visto todo nuestro ser, ya que forma parte de nuestra misma esencia, si es un aprendizaje: no podremos extrañar que la sexualidad sea un campo en el cual se dan cita todas las enfermedades y patologías, asimismo todo tipo de enfrentamientos y conflictos de relación. Sin olvidar las neurosis sexuales. La espiritualidad neurótica olvida que en la sexualidad se expresa todo el comportamiento humano en cuanto de sublime tiene, pero también en cuanto capaz de generar la destrucción y la muerte. Que la sexualidad es un lugar donde podemos enfermarnos.


La espiritualidad neurótica olvida que la sexualidad se aprende a integrar y se cura mediante una vida espiritual sana. como nos sucede con otras áreas de nuestra vida, también la sexualidad se aprende a integrar y se cura... o se intenta curarla y mejorarla. Como también se aprende a aceptar los propios límites sin abandonar en nuestra vida espiritual un deseo constante de superación.


Olvidan que como toda conducta humana, la sexualidad es un aprendizaje. No nacemos perfectos en el campo sexual, como tampoco morimos perfectos. El ser humano sexuado tiene la gran labor de aprender la sexualidad desde el día en que es concebido en el seno materno, y no termina esta tarea ni siquiera cuando vuelve al seno dela madre tierra. Somos aprendices de la sexualidad por naturaleza. Lo que supone desconocimientos, errores, fracasos, conductas enfermas, antisexuales, limitaciones aun cuando progresemos constantemente. Si en la condición del aprendizaje están el error y el fracaso, el neurótico espiritual se olvida de desdramatizar los errores y culpas sexuales que, como ya hemos afirmado, no son los problemas más graves de la vida espiritual.


No tienen presente que todos vivimos nuestra sexualidad, pero cada creyente la vive y integra a su manera, como puede y de la mejor forma que le parece. No hay modelos espirituales apodícticos, no existen normas innatas que se cumplen siempre de la misma forma o inexorablemente. Cada creyente tiene que encontrar su forma de vivirla lo más sanamente posible en su seguimiento de Cristo, con esa sensación tan humana y cristiana de que siempre nos falta un poco para que sea totalmente plena.


Es muy importante saber desenmascarar una espiritualidad neurótica. Algunos de los criterios o síntomas para identificar las espiritualidad neurótica:


El neurótico lo que ama es únicamente el ideal espiritual del propio yo idealizado.


Se engaña a sí mismo al pensar que ama el verdadero ideal espiritual.


El neurótico confunde el ideal de perfección espiritual con la ausencia de faltas.


El neurótico no ama un ideal fuera de sí y por encima del propio yo.


Su engaño le hace incapaz de conseguir la paz y el equilibrio espiritual.


Su espiritualidad es una espiritualidad de angustia.


La espiritualidad del neurótico no alcanza el amor, que excluye el temor.


Se hace crítico, duro y intransigente con los demás a los que desea imponer el propio ideal.


Una de sus grandes tragedias es no poderse amar por que no son perfectos.


Mientras él mismo no se siente en condiciones de poder presentárselo a los otros. Etc.








3.3.3.


La "espiritualidad" sexuada y evangélica de Jesús.







La referencia obligada de la espiritualidad cristiana es la persona de Jesús, revelador y comunicador de la vida divina. Jesús llamó a sus discípulos a permanecer con Él para compartir en profundidad su vida. Y hacer de ellos unos discípulos. Los Evangelios nos presentan numerosos testimonios y diálogos de Jesús con personas muy variadas, en ellos aparece diseñado el encuentro y experiencia con el misterio de Dios que trasforma la vida de los que acogen con corazón sencillo la buna noticia.


El evangelio es un proyecto de vida espiritual más que una moral o proyecto de vida moral. Jesús presenta un mensaje y un proyecto cargado de una profunda espiritualidad sexuada que nadie puede hoy poner en duda. Proyecto espiritual sexuado que intereso vivamente a la gente más ignorante, sencilla y humilde de su tiempo. Una cosa esta clara en los evangelios, que por la gente que fue más rechazado ese proyecto espiritual fue por los hombres religiosos de su tiempo.


Lo más obvio que resulta de lo dicho es que la espiritualidad que anuncia el Evangelio es que estaba alcance de cualquiera, la entendían todos y no dejaba de interesar a nadie, incluso a las personas más marcada por los problemas sexuales. No estaba pensada para personas desexuadas, religiosas, piadosas y observantes, sino que este tipo de personas eran las que peor la comprendían y aceptaban.


Una espiritualidad que pretenda inspirarse en el evangelio y en su espíritu, debe tener como objetivos el encuentro y la experiencia con el Dios de Jesús, tiene que tender necesariamente a introducir a los hombres en la vida sexual de los hijos de Dios y en su experiencia liberadora. La vida espiritual no debe vivirse a expensas, ni sobre sus represiones o negaciones de la sexualidad humana. El dinamismo sexual es un amigo importante en nuestro camino espiritual. Tiene la función de ayudarnos a conocer como somos y prestar atención a las indicaciones, que nos hace para vivir una vida espiritual sexuada positiva y sana. Una espiritualidad sexual integral sana necesita incluir todas las dimensiones de la persona en la unidad del ser sexual.


La espiritualidad que integra la sexualidad en su vivencia. Nos aporta el origen de donde partimos en el camino de nuestra santidad. Partimos de ser personas sexuadas, sexuales y eróticas. No desde otra realidad podemos lograr la santidad en nuestras vidas. No somos ángeles. Si queremos recorrer el camino espiritual que nos lleva a la santidad, debemos reconocer quienes somos, mujeres y hombres sexuados. Somos seres dotados de pasiones sexuales, animados por deseos corporales de copular, de penetrar, de coitar... Es a partir de aquí, donde empieza nuestra camino espiritual, que nos lleva a la santidad.


Los creyentes que se han dedicado a explicar la espiritualidad han cumplido con su tarea de manera que, con demasiada frecuencia nos han dejado una idea que resulta, no sólo poco atractiva, sino incluso molesta, desagradable y tal vez negadora de su necesidad. Ya que se empeñado en enseñar y vivir una espiritualidad desexuada o antisexual de forma obsesiva. Con lo cual los espirituales han hecho un flaco servicio a la espiritualidad del Evangelio de Jesús. Ya que una espiritualidad presentada como negadora, inhibidora o represora de la sexualidad de una persona sexuada no resulta atractiva, ni apetecible para el hombres sexuado de hoy, que les identifica y define.


El evangelio de Jesús presenta un mensaje y un proyecto de vida cargado de una profunda espiritualidad. Esto es algo que nadie lo pone en duda. Era una espiritualidad que se podía, aprender, practicar y vivir por todas las personas y en cualquier sitio, en los pueblos, ciudad, calles, casas, fiestas, bodas, banquetes... Su espiritualidad no era un conjunto de practicas religiosas y ascéticas.


Yo tengo la impresión de que esta manera de ver lo espiritual como negación del sexo, esta más extendida de lo que imaginamos las mismas personas piadosas y espirituales. Y el resultado es que, entre los cristinos, hay dos grandes bloques o, si se prefiere, dos tendencias bastante bien definidas. Por una parte, están los espirituales, por la otra parte los sexuales. A los espirituales se les ve por las Iglesias, en tanto que a los sexuales en las manifestaciones en pro de los derechos sexuales de las personas y en los congresos de sexología. En el pasado discutían entre sí duramente. Ahora ya, ni eso. Simplemente prescinden los unos de los otros. Seguramente, porque ni los espirituales creen que los sexuales les pueden aportar gran cosa, ni los sexuales esperan nada de los espirituales.


Unos y otros hemos fracturado el Evangelio por el centro. Nos hemos incapacitado para entender y vivir el espíritu y la letra del mensaje de Jesús. Porque, para unos, ese mensaje es espiritualidad, mientras que, para otros, es sencillamente compromiso sexual. Y el caso es que en el evangelio es y entran ambas cosas. Pero no separadas y, menos aún, confrontadas y desintegradas. Si en la persona sexuada no hay ambas cosas, no puede haber una espiritualidad cristiana verdadera y autentica. En el cristianismo oficial, espiritualidad y sexualidad se han divorciado. Y el precio de ese divorcio ha sido muy alto. Vivir una espiritualidad desexuada, desencarna y angelical, mientras la nuestra es encarna y por tanto humana. Y así, han dejado a la espiritualidad de la Iglesia metida en los templos, casas de espiritualidad, en los conventos, como propia de piadosos y religiosos y muy fieles a sus normas, practicas y observancias, pero que olvida e ignora el sexo, con muy escasa incidencia en la transformación real de la sexualidad de las personas sexuadas, reales y concretas.


Necesitamos los hombres y mujeres de nuestro tiempo una espiritualidad que integre la sexualidad como fuente de vitalidad. Se explique como se explique, toda espiritualidad Evangélica incluye necesariamente a una persona sexuada, sexual y erótica. Lo nuevo de la espiritualidad sexual de Jesús es que se encano en ella, para redimirla y curarla.


Sin duda alguna, esta espiritualidad integral ha sido el intento más serio por buscar una espiritualidad cristiana capaz de acabar con la fractura indicada entre espiritualidad y sexualidad. Mucha gente no se imagina que una de las aportaciones más ricas y más fecundas que hace esta espiritualidad sexuada integral es precisamente su enorme aportación de la integración de la sexualidad en la espiritualidad, la vitalidad de que carece actualmente y que le aportaría.


La espiritualidad evangélica integral tiende a contemplar a la persona en la totalidad de su realidad. Toda necesita ser tocada y trasformada por la gracia de la redención de Jesús. No se puede identificar espiritualidad y salud corporal. pero hay que aceptar como principio fundamental, que el cuerpo es expresión del alma. Por lo tanto, hay que escuchar el mensaje sexual, que Dios nos envía por los fenómenos corporales. El hombre no adquiere su estado de salud sexual total, mientras no logre relacionar con Dios todo, como cuanto es y tiene. Cualquier fisura o desintegración del todo sexual nos explica los problemas. Culpa sexual significa escisión, desdoblamiento, desintegracióm..


En esta espiritualidad global en vez de arrancar violentamente todo lo negativo que brota en nuestra sexualidad global, deja crecer lo bueno y crea las condiciones necesarias para que se desarrolle y se haga más fuerte que lo malo. Ésta es la forma de espiritualidad enseñada por Jesús en su parábola cuando prohíbe arrancar la cizaña por el miedo a arrancar también el trigo. "Dejad crecer a ambos hasta la siega" Mt 13, 30.


El enfoque integral de la sexualidad no cae en una moralina deshumanizante, ni en una vida a-moral que no acepta valores y trascendencia. El otro, el tú, es el primer valor, es una persona sexuada como el yo y digno de toda consideración, respeto y confianza. El vínculo yo-tú, la relación interpersonal es de tal magnitud que merece todo nuestro esfuerzo y respeto. En nuestra visión integral de la sexualidad existen valores, actitudes, ética, pero no provenientes desde fuera de modo alienante; surgen de la misma persona, del vinculo afectivo y unitivo.









Donde está tu tesoro espiritual, allí debe estar el corazón. Y el tesoro espiritual de seguimiento de Jesús, está localizado en la instauración del Reino de Dios. La espiritualidad de Jesús está en la pasión por transformar un sistema social infeliz e injusto en una comunidad de hermanos y de iguales, para los que sólo existe un padre de todos en el cielo. La persona que está polarizada por esta pasión es la persona que, impulsada por el espíritu de Cristo, es libre frente a todo, y por tanto llamada también a ser libre en el terreno espiritual de su sexualidad. Para la vida espiritual cristiana los comportamientos sexuales no pueden convertirse ni en los más importantes, ni en los problemáticos, sino en otros más de los que no podemos prescindir o negar. No podrá servir a la vez a Dios y al sexo, pero tampoco podrá servir a Dios y a una ley que proteja de su sexualidad. Ya que somos personas sexuadas y de eso no se puede prescindir para construir el Reino. La espiritualidad cristiana es sexuada, sexual y de todo esto está por encima de la ley.




3.4. ¿Tiene una capacidad terapéutica la espiritualidad sexuada de Jesús?.




En la actualidad somos muy conscientes de lo extendidas que están las enfermedades sexuales en los creyentes y en la sociedad. Como resultado de una educación religiosa en actitudes negativas y represivas, muchas personas resultan con experiencias sexuales no deseadas, traumáticas. Algunos creyentes adultos viven su sexualidad acompañada de inhibiciones, culpas, temores, miedos, repugnancias, ansiedad...


Todos somos concientes a través de los medios de comunicación de lo extendido que están los abusos sexuales a niños y mujeres. Aquí es donde una relación sana, positiva, afectiva, tierna, delicada, tranquilizadora pueden proporcionar a las personas, principalmente a la mujer, el sentimiento de que la sexualidad es buena, que se acoja bien, rodeada de confianza, relajación, con la capacidad de gozar de la experiencia contra el sentimiento de culpa. la posibilidad de sentirse sexuada sin vergüenza ni angustia y como fuente de espiritualidad.


Una sexualidad ofrecida como camino de vida espiritualidad pone de relieve el aspecto sanador de una sexualidad sana y positiva en el ámbito cristiano. De Jesús se dice que salía una virtud que curaba toda impureza en las personas que tocaba y le tocaban. El resultado sanador de la sexualidad cristiana vivida como camino espiritual es muy grande. Yo desde mi experiencia de sexólogo constato el gran poder sanador de una sexualidad cristiana como buena y salida de la mano creadora de Dios.


Una vida espiritual terapéutica de la vida sexual se da sólo cuando es capaz de mantener la sexualidad en tensión sana y positiva, en una forma tensa de bienestar, integración, equilibrio y armonía dentro de la totalidad de la persona y de la vida espiritual.


Una vida espiritual sexual terapéutica exige como primer elemento un conocimiento objetivo de mi sexualidad. Sólo se llega a un conocimiento objetivo de mi sexualidad prestando la debida atención a las indicaciones que mi sexualidad me hace. Hay que dar a las indicaciones que la sexualidad me hace la importancia que merecen.


La sociedad de hoy no necesita oír más condenas sexuales de la Iglesia. Lo que necesita es conocer y vivir una vida sexual más sana y positiva. Jesús no envió a sus discípulos para condenar a nadie y menos centrados de forma obsesiva en el campo de lo sexual. No vino para condenar a nadie sino salvar a todos. Nadie ha recibido de Jesús autoridad para condenar sino para curar. Les dio poder y autoridad para curar toda enfermedad y dolencia. No nos llama a juzgar el mundo sino a sanar la vida de las personas. Nunca quiso poner en marcha un movimiento para combatir, condenar y derrotar a sus adversarios. Pensaba en discípulos que miraran el mundo con amor compasivo, misericordioso y una gran ternura. Los quería ver dedicados a aliviar el sufrimiento e infundir esperanza en todos los campos de la vida sin negar y dejar fuera la sexualidad.








La tarea y objetivo prioritario de este tipo de vida espiritual terapéutica consiste en curar o sanar los aprendizajes negativos, las heridas del camino, quitar los defectos, autocontrolar los impulsos sexuales e integrarlos en la totalidad de la persona y de la vida que nos lleva a Dios. Pero a su vez para lograr esto se nos exige una vida natural, sexual y espiritual sana.





Esta concepción terapéutica de la vida espiritual parte de una visión antropológica totalizadora y unitaria de la persona y de la fe. La salud sexual integral implica una visión totalizadora y unitaria de la persona. Que se origina y está centrada en la persona considerada como una realidad única e indivisible. No tiene dicotomías, es una totalidad en la cual podemos considerar aspectos corporales, psíquicos, afectivos, sociales, culturales, religiosos o espirituales y higiénico-sanitarios, pero no son separables ni son sustancias independientes.


En la Iglesia cambiaremos cuando empecemos a mirar a la gente y la sexualidad de otra manera: como la miraba Cristo. Cuando veamos a las personas y su sexualidad más como víctimas que como culpables, cuando nos fijemos más en sus sufrimientos que en sus pecados sexuales, cuando miremos a todos con menos miedo y más piedad. Entonces les ofreceremos la salud sexual como una tarea espiritual sanativa de tantas enfermedades y sufrimientos para que busque y vivan un poco más felices.


Como ejemplo practico de lo que vamos diciendo. Vamos a enumerar sólo algunos de los muchos elementos terapéuticos de la vida espiritual. Enumeración de algunos elementos terapéuticos de la vida espiritual en el campo sexual:


El ansiado fármaco para muchas enfermedades sexuales de nuestro tiempo podría ser una vida espiritualidad integral donde integrar una vida sexual sana.


La persona sexuada curada en sus raíces más profundas por Cristo recibe de Él la capacidad de curar a los demás.


Una actitud y concepto positivo y sano de sexualidad ofrecido por la religión cura.


El ayuno religioso bienvivido cura la Sexualidad.


La liturgia con sus ritos curativos.


La verdadera y autentica confesión.


El canto gregoriano.


La lectura de la Biblia y especialmente los Evangelios son libros terapéuticos. Etc.



























4. COCLUSIONES:





4.1.


Para hablar de espiritualidad sexual es necesario hoy traspasar las fronteras del pensamiento religioso del momento presente. Solamente desde este punto y de este modo se abrirán nuevos horizontes para iniciar un diálogo que ha venido dando frutos hasta hoy. Busquemos en este campo religioso no los elementos que nos separan y enfrentan en la manera de pensar del hombre de hoy y de otras religiones, sino los elementos que nos unen en la diferencia sexual.

4.2


Hoy son muchos los creyentes y no creyentes que siente una necesidad y un profundo anhelo de una espiritualidad integrada en un cuerpo humano sexuado, erótico y no angelical. Que su espiritualidad no sea pesimista, negadora, represiva, que responda a una actitud positiva y optimista de la sexualidad.

4.3.


La no vivencia de la sexualidad humana como una realidad positiva e integrada dentro de una vida espiritual, significa que no pocas personas creyentes y piadosas se perciben interiormente desgarradas ante Dios. Muchas llevan mal la represión, la negatividad, la culpabilidad, la inhibición, los miedos, temores sexuales, que les conduce a un estado neurótico y depresivo.

4.4.


Cada día son más los creyentes y no creyentes que no necesitan a la Iglesia como una instancia moralizante, acusadora y represora de su sexualidad. Lo que buscan y necesitan de ella es benevolencia y comprensión. Lo que necesitan son personas creyentes y espirituales que se la expliquen de manera sana y positiva y les indiquen el buen camino a seguir en el proyecto de vida espiritual. Que les señalen el camino que deben seguir para vivirla como un valor realizador y gozoso. El camino que les conduce a ello, que en el fondo debe ser un camino no condenativo sino portador de la libertad en el Espíritu.

4.5.


Nuestra principal conclusión y mi punto de arranque para comprender y vivir la sexualidad como fuente de espiritualidad es: no separemos lo que Dios ha creado unido y redimió para superar lo que nosotros separamos. No hagamos de nuestra vida y de la sexualidad algo aparte de ella. No hagamos ni de nuestro cuerpo ni de la sexualidad una cosa aparte. Somos un cuerpo sexuado, sexual y erótico para comunicarnos con Dios, nosotros mismos y con los otros. Querer vivir una espiritualidad cristiana negando lo que somos nos lleva a negar lo que Dios ha creado y su encarnación en ello.




4.6.


La necesidad de un gran espíritu crítico con el que superar las falsas creencias, tabúes, mitos y prejuicios de los que tenemos que liberarnos para integrarla en la vida espiritual cristiana; prejuicios que nos distorsionan la mirada y que nos impiden el nuevo y fresco esfuerzo por ver la realidad sexual como la fuerza, que juntamente con la vida espiritual más poderosas del ser humano, que afectan a todos los hombres y mujeres sin distinción de edad, ni condición social; unas fuerzas tan naturales y tan deseadas por ser fuentes de felicidad; tan valiosas por ser vehículos más perfectos para entablar relación y para expresar la sublimidad del amor humano.




4.7.


La sexualidad no aparece como algo integrado ni en la totalidad de la vida humana, ni como fuente y camino de espiritualidad en nuestros países occidentales y en nuestra Iglesia. Aún hoy y a pesar de la gran evolución sufrida, la sexualidad es algo que aparece al lado de la vida, pero no como la expresión de la totalidad de la persona y de la vida y, por tanto, de la relación completa entre las personas y de todos los componentes de la persona.




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Muller, W. (2005) Besar es orar. Ed. Sal Terrae. Santander.
2.3.8. La teología cristiana en el pasado hizo hincapié en el respeto a la vida.
2.3.7. El gran sacramento de donación de sí mismo al otro.