jueves, 8 de abril de 2010

Ecosofia. Un diálogo con el pensamiento sinarka

La filosofía unida a la tierra

Si damos un paso más allá de la ecología nos podemos encontrar con algo diferente, un nuevo espacio conocido como ecosofía. Una manera de pensar y de actuar que supera nuestro antropocentrismo para vivir en concordancia con la naturaleza. Gracias a esta filosofía nos daremos cuenta que pueden contaminar más nuestras palabras y pensamientos que la basura que generamos. Texto: Marta Iglesias / Fotos: Nan

Sin duda la ecología es la ciencia que en el siglo pasado tuvo en cuenta al planeta, y en su visión más profunda contó con la ayuda inestimable de James Lovelock, el científico que bautizó a la Tierra como Gaia, mostrándola como un organismo vivo capaz de autorregularse. Pero no fue el único sensible a un planeta con vida propia. Todos los pueblos que se mantuvieron unidos a las raíces de la tierra, sabían que el hombre es uno más de los hijos de la Madre Universal. Ni más ni menos que cualquiera de las otras formas de vida, y como tal debía comportarse e integrarse en su entorno, aportando sus propias características a lo existente. Tras una gran vuelta en la espiral de la evolución humana, la ecosofía nace con el objetivo de volver a estos orígenes sin los que es imposible progresar. En palabras del periodista y filósofo Alex Escamilla, "la ecosofía es un modo de estar en el mundo, de percibirlo. Un saber práctico que transforma nuestra conciencia y nos integra a la unidad de la vida, haciendo del sujeto-objeto-medio un continuo. Es también una ampliación de nuestra sensibilidad que implica un cambio de perspectiva, absolutamente necesario para superar las aparentes contradicciones que nos rodean. No puede ser otra cosa que una profunda filosofía. Por eso, hablar del saber ecosófico es hablar también de buena educación, la que nos ayuda a autorrealizarnos en un medio respetuoso y responsable con las lógicas de lo vivo".

Cómo llegar a la ecosofía

La ecosofía propone frenar
el hambre y la deforestación, pero también construir nuevas relaciones que nos lleven a un futuro diferente.



La mayoría de sus seguidores la han descubierto tras advertir que los valores materialistas y consumistas del siglo XX, son parciales y autodestructivos. No contemplan a la globalidad planetaria, y tienen un tiempo limitado. Se autofagocitan. Unos han llegado a esta crisis de valores viendo el entorno, otros mirando su interior. Los primeros observando la destrucción del paisaje, la tala de bosques, la extinción de especies, el calentamiento global. Los segundos advirtiendo que nuestra falta de valores no tiene en cuenta a todos los pueblos, o que nuestro nivel y ritmo de vida terminará con nuestra salud mental. La búsqueda de unos y otros se ha dirigido a una visión del mundo más amplia y más profunda. Y muchos han encontrado en la ecosofía las respuestas a sus preguntas, ya que hay quien la define como "una auténtica ecología de la mente"; la unión del planeta y sus criaturas, de cuerpo y mente, de principio y fin. Sus defensores creen que todas las ciencias y las artes desarrolladas hasta el momento pueden confluir para lograr que convivamos armónicamente en el planeta, junto a todas las criaturas que lo habitan. Por ello Alex Escamilla afirma que "el desplazamiento que se produce entre la ecología y la ecosofía implica una transición de la ciencia a la sabiduría. La ecología es una aproximación a una necesitada revolución, pero desde la perspectiva ecosófica se le añade la visión cosmológica necesaria para iniciar un verdadero proceso de cambio. Porque la ecosofía reflexiona también sobre nuestras costumbres, sobre nuestra manera de habitar la Tierra, y sobre nuestra manera de admirarla. Una mirada científica, político-ética y estética. En este sentido, el pensamiento del siglo XXI deberá ser ecosófico.





Una mirada distinta

La ecosofía no descubre nada que no haya alrededor. Más bien lo reinterpreta, lo traduce en otro lenguaje, nos muestra una nueva visión sobre lo ya existente. Toma como base la ecología más profunda y nos ofrece una mirada en la que la tierra es nuestra casa y nosotros sus huéspedes temporales. Vivir la ecosofía se traduce, pues, en saber habitar el planeta, a retomar nuestro entorno y dotarlo de auténtica vida. Ello abarca desde el cuidado de un bosque, o de un animal, hasta la renovación de nuestras relaciones y pensamientos.
Alex Escamilla lo resume diciendo que "el cambio debe hacerse desde uno mismo. Convertirnos en los jardineros de nuestras vidas. Pero también debe hacerse sintiéndonos parte de un todo. Muchas de las cosas que adquirimos, demasiadas actividades que realizamos, no nos ayudan a potenciar nuestras capacidades como seres pertenecientes a una comunidad viva, y en cambio sí perpetúan una cultura basada en la explotación del hombre y la naturaleza".
Comencemos entonces por mirar de un modo diferente, observando lo pequeño, el detalle, lo infravalorado. Porque esas pequeñas piezas a las que no damos importancia son las que conformarán luego el gran puzzle. Para ello es esencial despertar nuestros sentidos dormidos y volver de nuevo a escuchar y a mirar. Los filósofos de esta corriente nos dan cuatro puntos en los que fijar nuestra atención: el científico, el emocional, el práctico y el espiritual. Esta corriente se nutre de aquellos conocimientos científicos que facilitan la comprensión del mundo que nos rodea, y que buscan interrelacionarse unos con otros para no parcelar el saber. En el ámbito emocional desarrolla nuevas maneras de relacionarnos con nuestros congéneres, cultivar los sentimientos singulares que eviten la uniformidad que nos inculcan, y apostar por los pensamientos positivos. El campo práctico de la ecosofía no puede separarse de la acción y la coherencia vital, mientras que en su vertiente espiritual propone conectar con el universo en cada cosa que vemos, haciendo las paces con la tierra y observándola como ser vivo del que formamos parte y no como objeto.
Interrelacionando todo ello se perfila el lenguaje como punto clave: "La ecosofía es una ecología profunda que denuncia también la polución que se produce en nuestras mentes, en el lenguaje. Habitamos también un espacio vivo de palabras cuyos significados soportan las presiones de los valores dominantes. En la economía, en la política, en nuestra cultura, aparecen o se redefinen conceptos y palabras que introducen ruido en este complejo sistema de comunicación con el que pretendemos alumbrarnos. Y junto a las palabras, seguimos polucionando nuestro ecosistema simbólico con imágenes precocinadas y distribuidas para modificar nuestra sensibilidad y nuestra relación con la verdad. La ecosofía plantea también esta cuestión como un problema ambientalista".

Ante tanto cambio personal pendiente, ante la necesidad de unir tantas ciencias con el espíritu, ante la contaminación mental y lingüística, la ecosofía se encuentra ante un reto, que Escamilla define claramente: "La tarea más complicada que el pensamiento ecosófico debe realizar es la elaboración de un proceso que gestione el cambio. Aportar estrategias psicológicas y sociales, científicas y culturales, para volver a recuperar el instintivo gusto por las satisfacciones auténticamente humanas. Todo lo que pueda pagarse con dinero no vale nada en comparación con lo que no tiene precio". No se trata ahora de volver al medievo, de renunciar a la tecnología y al conocimiento, sino de adaptar ambos a nuestra vida y no al contrario. Hay quien ya no recuerda qué se siente al pisar la hierba con los pies descalzos, lo que significa viajar sin tener presentes los problemas cotidianos o simplemente disfrutar de una buena conversación sin límite de horario. En ese sentido, la ecosofía propone trabajar a escala planetaria, pero revalorando todo lo local; frenar la deforestación pero también desechar la repetición en nuestras vidas; fundir antropocentrismo con globalidad; rebelarse contra la cultura heredada y crear una nueva realidad. Como personas que piensan en la mejor marcha del planeta, la lucha contra el hambre se convierte en una prioridad, sin dejar de lado la construcción de nuevas relaciones que nos lleven a un futuro diferente, aún por construir.






"La tarea más complicada de la ecosofía es la elaboración de un proceso que gestione el cambio"


El hombre, un microcosmos en conflicto

Si compartimos el conocimiento de que Gaia es un ser vivo que se autorregula, y aplicamos a ello la máxima filosófica que dice que ‘como es arriba es abajo’, lo lógico es pensar que nosotros funcionamos igual que el planeta y podemos autorregularnos. Sin embargo nuestra vida es una mezcla de estrés, dificultad para relacionarnos con nuestros semejantes y nuestro entorno, múltiples enfermedades psicosomáticas generadas por nuestra mente, pensamientos negativos, falta de realización en el trabajo... Y ante ello mucha apatía y poca acción. Algo que precisamente es el gran enemigo de esta nueva ciencia, porque "sin unir el conocimiento a la acción personal simplemente no será ecosofía -puntualiza Escamilla-. Acumular conocimiento no significa sabiduría. Ese es el giro que se pretende, la emergencia de un nuevo estado de conciencia que permita la autorrealización, el permanecer en la existencia dotándola de sentido". El futuro se presenta desde esta ecología profunda como esperanzador, porque pone en nuestras manos la posibilidad de un cambio de rumbo.
"La concepción espiritual y cosmológica de la ecosofía ofrece la posibilidad de contemplar el universo como un todo que se origina en cada uno de nosotros -explica Escamilla-. Debemos pensarnos un centro cualquiera de este multiuniverso que se expande a partir de lo que somos y, a la vez, sabernos un reflejo de ese orden, un microcosmos". §